Las alcantarillas de la corrupción
El 'clan de los Correa' ha utilizado a la perfección los resortes del sistema y ha dado a cada cual según sus necesidades, en un singular ejemplo de justicia distributiva
La corrupción en España es como el doping en el ciclismo: endémica, sistemática y perfectamente organizada. Por tanto, el árbol del choriceo de Gürtel no puede impedirnos avistar el bosque de la putrefacción. El soborno y la prevaricación constituyen todavía hoy, muy entrado el nuevo milenio, el aceite que engrasa los rodamientos más escondidos de la maquinaria de las administraciones nacional, regional y local.
Los políticos que reinventaron la democracia a la muerte de Franco se encargaron de habilitar huecos enormes, gigantescos agujeros negros y alcantarillas por donde se siguen colando los atracadores de lo público. La ley se aplica de tal manera que al empresario desalmado le basta con untar el bolsillo del ministro, consejero, alcalde o concejal del ramo para lograr sus fines inconfesables. Le vale con ablandar la voluntad de una persona: quien nombra la mayoría de la comisión de adjudicación. Hablas con el alcalde o el consejero y sacas el compromiso firme de que te llevas la obra. Lo de menos es el paripé de las plicas y los concursos. En el peor de los casos, te trocean el contrato en cantidades de a 11.999 euros (para no llegar a 12.000, que requieren publicidad) y te lo adjudican directamente en cómodos plazos.
Diseñado el coladero de corruptelas, no hay más que esperar a que crezcan las ratas de alcantarilla. En ese contexto de aguas turbias pero legales, el 'clan de los Correa' ha utilizado a la perfección los resortes y ha dado a cada cual según sus necesidades, en un singular ejemplo de justicia distributiva: dinero a mansalva, coches deportivos, relojes de gran lujo, trajes a medida y fiestas con chicas ‘de puta madre’.
La justicia es lenta pero insegura y el PP de Rajoy tardará lo suyo en depurar responsabilidades, pero el tiempo confirmará que un buen puñado de ‘gürteleros’ acabarán la fiesta a la sombra y sin chicas.
Pero no terminaremos con la corrupción si no cambiamos el viejo sistema de contrataciones por otro más transparente, objetivo y democrático.
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