Aprender a envejecer
Envejecer pide, sobre todo, aceptar el mazazo de la enfermedad: la del ser querido, la del compañero, la del vecino con el que te cruzas en el ascensor, la tuya.
Para el doctor Rojas Marcos no hay crisis a los cuarenta, lo cual es un alivio para unos cuantos, aunque este gurú de la psiquiatría reconoce que ésta puede llegar en cualquier edad y circunstancia, por lo que hay que aprender a vivir, y lo más aconsejable, aprender a envejecer, parece deducirse de sus palabras. Vamos, que en esta tierra de centenarios, lo mejor, sin duda, es vivir al día y de una forma razonable. De lo que pueda significar esta palabreja para cada uno depende la forma de encarar cada segundo de nuestra existencia, de su relación con los demás.
Y es que no es fácil empezar a comprender que cuando antes podías andar ocho o nueve kilómetros en tu paseo matutino, ahora empiezas a respirar con más frecuencia de forma acelerada, a toser, a cansarte y quizá algún día deberás ir acompañado por el bastón. O te han pillado con la diabetes y adiós al alcohol, el tabaco y las abundantes comidas. De la olla podrida tendrás entonces el mejor recuerdo de una foto en compañía de tus amigotes. Adiós, salvo que vuelvas a caer en la tentación y tengas que arrepentirte luego.
Pero envejecer, también supone ordenar tu tiempo, hacerte un horario, disfrutar de los pequeños placeres de los que antes huías, entrar en el Museo de Burgos que no pisaste en los treinta años anteriores, o en el de Marceliano Santa María para comprobar que sigue ahí, e incluso darte un paseo tranquilo por la Catedral o el Castillo, aquellos que antes hiciste persiguiendo niños, ahora los disfrutas con los nietos.
Las canas ya no marcan nada, a los cuarenta el pelo ya se te cae, y se convierte en blanquecino. Internet te ayuda para acudir a las páginas de salud intentando solucionar tus dolencias, muchas de ellas del alma, más que del cuerpo. De los amigos que se fueron, de la soledad en la que te estás quedando, o de muchas preguntas de la que no obtienes respuesta en la sociedad en que vivimos, todo va demasiado deprisa para ti ahora.
Y envejecer pide, sobre todo, aceptar el mazazo de la enfermedad: la del ser querido, la del compañero, la del vecino con el que te cruzas en el ascensor, la tuya. El que justo el año que se jubila le digan a una persona muy cercana a ti que tiene cáncer, esa enfermedad de la que no nos gustaría escuchar ni un día más este nombre, pero que le tenemos detrás de la puerta. Y llega la muerte. Y entonces te das cuenta de todo lo que debías haber hecho y no hiciste, de lo mucho que debías agradecerle a lo largo de tu vida y te olvidaste, o de las veces que se perdió el último beso.
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