Aquella escuela
Narraciones de la Escuela transporta a esas generaciones que aprendieron a leer en las décadas de los cuarenta y de los cincuenta a un mundo afortunadamente olvidado
Una veintena de autores leoneses, entre los que figuran los académicos de la Real Academia de la Lengua Española Luis Mateo Díez y José María Merino, han contribuido generosamente a la edición de un libro de relatos con temática común: el recuerdo de la escuela. El libro, concebido por la catedrática Isabel Cantón como un homenaje al magisterio, realmente trasciende este objetivo y se revela como una especie de calidoscopio de una etapa histórica plena de luces y sombras, tal vez más de sombras que de luces.
En la presentación del libro, la coordinadora de la obra afirma que en él "se recoge la memoria, como siempre selectiva, de las vivencias infantiles de destacados personajes, que han hecho un viaje catártico de retorno a la infancia".
Efectivamente, uno llega a la conclusión de que en este ramillete de relatos la memoria es selectiva. Pero después de leer los cuentos cabe añadir que la memoria es "indulgentemente selectiva". Es decir, la memoria se revela comprensiva y hasta complaciente.
Me explico. Algunos episodios narrados son dramáticos. Sin embargo, los autores los edulcoran bien con una pátina de nostalgia agradecida o con el humor. La nostalgia, que tiene que ver con la edad y no tanto con el recuerdo, siempre tiene un punto de agradecimiento.
Edulcoran los autores la narración con un barniz de humor tal vez porque el humor es la salida natural de la tragedia, para evitar el suicidio no tanto físico como moral.
El humor como recurso se percibe en uno de los relatos que, como en la mayoría, tiene muy poco de cuento. Es el que nos sitúa en La Bañeza de Margarita Torres, con un maestro que se libró por segundos de la muerte ante un pelotón de fusilamiento y que se ríe años después de las autoridades competentes, o incompetentes, del alcalde falangista y del cura, a quienes sitúa en el difícil dilema de mantener colgados, en la pared frontal del aula, los retratos de Franco y de José Antonio a ambos lados del Crucifijo, con argumento tan retorcido como sibilino. Ya se sabe que Jesucristo fue crucificado en medio de dos ladrones. No es preciso añadir más y tampoco tiene uno vocación de acomodador de cine que revienta el final de la película porque el espectador no le había dado propina.
La memoria es indulgente y así parece claro en la mayoría de los relatos. Pero hay alguno que se escapa a esta generalización y precisamente a esos hay que referirse como síntomas de una práctica bastante generalizada. El catedrático de Lengua y Literatura José Enrique Martínez cuenta uno de estos episodios con tintes dramáticos, bajo el título "Sin benevolencia":
"De forma imprevista lanzó la mano hacia atrás y la bofetada fue a caer en la cara de Elpidio, que rebotó contra la mesa y empezó a echar sangre por la nariz. Don Ramiro siguió pasillo adelante, los ojos alzados hacia el cuadro del Caudillo que presidía el aula y le servía de espejo en el que sorprendía las inocentes travesuras de los chiquillos que iba dejando atrás. Ese fue su trabajo a lo largo de su vida.
"En Elpidio fue creciendo el odio hacia aquel don Ramiro cuyo título no fue otro que el de marido de la maestra con atribuciones exclusivas: el reparto diario de alguna bofetada".
Hay un asunto que no aparece en todos los cuentos, pero que se revela fundamental cuando se trata de evocar una situación de hace cuarenta o cincuenta años. Los autores pertenecen casi en su totalidad a aquella generación que no vivió la guerra civil española, que no la protagonizó, pero que en su infancia sufrió las consecuencias de la posguerra. Porque este libro, Narraciones de la Escuela, tiene un título genérico, atemporal, que sin embargo queda acotado por la edad de los autores y, consecuentemente encuadra los recuerdos en una época muy concreta.
Pues bien, hay un asunto que no aparece siempre y que a mi me parece sustancial de la época. Me refiero al miedo. Los niños vivíamos amedrentados y en absoluto disfrutábamos con la escuela. Todo lo contrario, se vivía en la angustia.
José Luis Puerto sí recoge este aspecto: "Le mecánica cotidiana de las lecciones y de los ejercicios estaba marcada por el miedo, que nos hacía vacilar cuando habíamos de entonar la tabla de multiplicar, aunque nos la supiéramos muy bien".
Otra cuestión que definía aquella época y que aparece en algunos cuentos es la estrecha relación entre el cura y el maestro, una relación simétrica, como diría ahora un político, aunque el último en muchas ocasiones parecía estar supeditado al primero. Era frecuente restarle horas a la escuela para asistir a ejercicios religiosos. Cuando era a costa de recitar la tabla de multiplicar o los tiempos verbales, hasta se agradecía. Pero eso es otra cuestión.
En definitiva, Narraciones de la Escuela transporta a esas generaciones que aprendieron a leer en las décadas de los cuarenta y de los cincuenta a un mundo afortunadamente olvidado. La letra con sangre entra, se aplicaba con rigor, y con tal filosofía no es de extrañar que ahora, por la lógica simple de la oscilación del péndulo, la sociedad se haya instalado en la tolerancia más inaceptable, donde el respeto obligado con frecuencia parece confundirse con la caprichosa tiranía del adolescente frente al maestro. Son muchas las voces que reclaman la intervención de las autoridades para lograr que el arco del péndulo de los excesos se reduzca rápidamente hasta alcanzar el equilibrio necesario. No es preciso teorizar mucho, basta con aplicar el sentido común.
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