Cuaderno de bitácora

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Castellano retorcido

Julián Ballestero - / /
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Cuando la economía se desmorona como un castillo de naipes bajo un vendaval, en lugar de buscar soluciones, los españoles preferimos enzarzarnos en divertidas guerras semánticas. Acabará por hundirse el país y todavía estaremos discutiendo el nombre de la epidemia: crisis o desaceleración.

 

El Gobierno lanza inventos lingüísticos como cortinas de humo frente a la cruda realidad de la inflación, el paro y el endeudamiento galopante. Así nos nublan la mente las "miembras" de Aído y nos encandila la "tolerancia cero" de Rubalcaba, el primer ministro que admite haber tolerado al menos durante dos días la conculcación sistemática de la ley.

 

No podríamos aguantar, por ejemplo, que llegara Ibarreche y declarase
que quiere promover una rebelión para separar a Euskadi de España.

 

El uso retorcido del castellano se dispara cuando nuestros políticos encaran situaciones de extrema tensión. Si llegara un día un dirigente y llamase al pan, pan, y al vino, vino, nuestros oídos acostumbrados a la música ratonera de los Zapatero, Rajoy y Cía, no podrían soportarlo. No podríamos aguantar, por ejemplo, que llegara Ibarreche y declarase que quiere promover una rebelión para separar a Euskadi de España. El lehendakari lo sabe y edulcora su mensaje con sacarinas del tipo "apoyemos un final dialogado de la violencia" cuando ETA "exprese de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la misma (violencia)". Bellas y dulces palabras con los cadáveres en la calle y el olor a dinamita todavía en el aire. Pero la tramposa ingeniería del lenguaje político llega a su paroxismo con la pregunta del referéndum-trampa de Ibarreche: "¿Está Usted de acuerdo en que los partidos vascos, sin exclusiones, inicien un proceso de negociación para alcanzar un Acuerdo Democrático sobre el ejercicio del derecho a decidir del Pueblo Vasco, y que dicho Acuerdo sea sometido a referéndum antes de que finalice el año 2010?". ¿Tiene truco? Sí. Está ahí, en las mayúsculas que sacralizan. El Acuerdo se convierte en una institución, un bien sagrado, un paraíso. Así, de paso, cuela la píldora de la pregunta-trampa y los vascos y vascas no caen en que se les plantea que decidan ¡si tienen derecho a decidir! 'Decidamos si podemos decidir'. La Constitución española, con mayúscula merecida, aclara que no tienen ese derecho. ¿Entonces? Lo sincero sería preguntar a las vascas y vascos si quieren saltarse la Constitución para separarse de España. Pero claro, eso espanta y el lehendakari va ahora de amable señor Spock para que no le frenen antes de tiempo. La guerra de las palabras es la primera trinchera.


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