Un cerebro vale más que un ladrillo
Necesitamos líderes que sepan interpretar y liderar el cambio obligado de nuestros sistema productivo.
Un cerebro vale más que un ladrillo. Para llegar a esta conclusión no hace falta haber estudiado en Seattle, podría decir hasta el más simple de la clase. Y sin embargo, en España no resulta tan evidente que esto se haya entendido siempre así.
No es nada nuevo. Desde hace años se viene produciendo un fenómeno preocupante, que se ha dado en llamar "deslocalización". Es decir, el cierre de factorías de producción que trasladan sus equipos a países donde la mano de obra es más barata. Lo grave es que en muchas ocasiones las empresas levantan el vuelo después de haber esquilmado los recursos públicos de los contribuyentes del lugar donde estaban radicadas. Los gobiernos, angustiados por el varapalo electoral que la pérdida de empleo les pueda suponer, se afanan en acarrear compensaciones económicas como si de pronto la fábrica se hubiera convertido en una especie de portal de Belén. Tanta fruición en el agasajo pronto trasciende los límites que confunden las ayudas, que en ocasiones seguramente serán necesarias, con el chantaje permanentemente insatisfecho.
En Castilla y León tenemos bastantes ejemplos y únicamente es necesario seguir los medios de comunicación para conocer las empresas de automóviles que mantienen la amenaza de su traslado o aquellas compañías con centros de producción de medicamentos también en China que chulean a las autoridades y a los trabajadores de León con una desfachatez que comienza a resultar insoportable.
Podrá argumentarse que la ley del mercado es así de dura y que al final los consumidores optamos también por lo más barato, sin mirar en la etiqueta el lugar geográfico de producción. Y menos aún, las condiciones laborales de quienes elaboran los productos que adquirimos. Nadie queda fuera del contrasentido.
Pero sobre la realidad también se puede actuar para cambiarla. Y ha llegado el momento de modificar eso que los expertos llaman el modelo productivo. Apostar por el conocimiento como singularidad ante la mano de obra infinitamente más barata con la que no podremos competir en unos cuantos años, décadas en el mejor de los casos.
Modificar las viejas estructuras resultará complicado, y más con una clase empresarial que no está formada tampoco para asumir el liderazgo en el cambio. Aquí sí es donde las administraciones públicas tienen la obligación de marcar la senda, abrir los caminos para que la iniciativa privada siga el señuelo.
Sin rechazar lo realizado hasta ahora, es evidente que resulta insuficiente. Por ceñirnos al territorio desde el que escribimos, en León hace falta un impulso más rápido. Y es obligado reconocer que se han hecho actuaciones que no hace mucho podrían resultar simples quimeras. León contará, por ejemplo, con uno de los centro de supercomputación más potente de Europa y no es desdeñable tampoco el esfuerzo realizado para llevar Internet a todas las casas en un territorio complejo desde el punto de vista orográfico y con la mayor dispersión demográfica.
La otra referencia está en el Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación (Inteco), al que el Gobierno ha destinado una partida de once millones de euros como continuidad de un programa que movilizará este año en España 1.500 millones. En España utilizan la red 24 millones de personas, lo que supone más de la mitad de la población. El plan, conocido con el nombre de Avanza Dos, tendrá en el Inteco leonés su punto de referencia en materia de seguridad en la utilización de las nuevas tecnologías.
Internet no será la panacea para el despegue económico de un territorio que perdió en su día el tren de la industrialización. Pero no es menos cierto que tampoco las grandes industrias tienen cabida en esta sociedad, con la fotografía, más nostálgica en las crisis, de centenares de empleados incorporándose a sus puestos de trabajo al toque de sirenas. El cambio está aquí. Necesitamos líderes que lo interpreten.
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