El consuelo de la ignorancia
En Castilla y León, donde acostumbramos a llamar al pan, pan, y al vino, vino, resulta difícil entender un proceso como éste de la anunciada fusión de cajas que ni es fusión, ni fisión, ni fundición, sino integración financiera; es decir, una especie de infusión en la que los activos de las entidades de ahorro son el caldo y el paquete industrial la hierba aromática.
Una vez lanzado el ‘engendro· desde la ‘fábrica de los sueños financieros· de la Junta, asistiremos durante los próximos meses al rediseño de la criatura, al añadido de edulcorantes y al colado final de la tila para que no provoque dolores de estómago. Pero en ningún caso llegaremos a comprender la influencia benéfica de semejante operación para el estado inane de nuestros bolsillos. Aunque no dudamos de que la tenga.
Así, con la apertura de la batalla por estas fusiones de camuflaje, nos adentramos en un nuevo bosque impenetrable de abstrusas nociones, justamente cuando hemos caído en la cuenta de que nuestra vida cotidiana, en cuestiones tan elementales como el precio del pan o la capacidad para llegar vivo a final de mes, depende de conceptos inasequibles a nuestro intelecto, de inventos que adornan la crisis financiera internacional, tales como las jodidas hipotecas subprime, los asquerosos bonos basura, la pavorosa recesión global, las burbujas especulativas, los fondos estatales para avalar a la banca (¿no habíamos quedado en que eran los bancos quienes nos avalaban a nosotros?), la compra de activos a las entidades financieras que implica/no implica nacionalización según quien la practique, y el efecto tobogán de la Bolsa, que nos tiene mareados.
Al menos un 99% de los mortales seguimos sin comprender qué diablos está pasando en este mundo de la economía
Después de al menos dos meses de bombardeo continuo de información sobre la crisis, tras haber consultado, leído y escuchado los más sesudos análisis, tras sufrir el impacto insistente de titulares sobre el batacazo de bancos, aseguradoras, aerolíneas, constructoras y toda suerte de sociedades susceptibles de ser rescatadas con el dinero de todos para beneficio de los de siempre, llegamos a la conclusión de que no entendemos nada. Al menos un 99% de los mortales seguimos sin comprender qué diablos está pasando en este mundo de la economía que avanza entre el estruendo hacia la tumba de nuestros bienestares. En el otro 1% residen los expertos en finanzas, bancarios, banqueros y economistas que están en el secreto, pero que se muestran absolutamente incapaces de explicarlo.
Un consuelo: estoy seguro de que si pudiésemos intuir la filiación y las capacidades del monstruo que devora empresas y capitales, nuestro horror no tendría límite.
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