Coraje cívico
José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones que estuvo 532 días enterrado en un zulo hasta que lo liberó la Guardia Civil, reclamaba esta semana, al recibir el galardón del Observatorio Internacional de las Víctimas del Terrorismo, el mismo coraje cívico a los españoles que tras su liberación y el asesinato de Miguel Ángel Blanco hizo que todas las calles se tiñeran de manos blancas y de un inmenso lazo azul
Un coraje cívico contra una sociedad adormecida y unos políticos que han demostrado -bien es cierto que solo 20 ediles de todos los partidos y de diversas localidades han sido condenados por corrupción frente a los 8.000 alcaldes existentes- a su más alto nivel que por delante se encuentran intereses particulares antes que los generales. El mismo coraje cívico que quizá debería ejercitar el presidente Herrera para dar un paso al frente y como afirmó no sumarse a la tropelía y las banderías de sus compañeros de partido, o el que hizo en su momento a Rosa Díez abandonar al Partido Socialista por su diálogo con los terroristas. Coraje cívico que nos debería llevar a dejarnos de creer la cantidad de mentiras que cuentan algunos de nuestros gobernantes en relación con la situación económica que hemos ido atravesando. Coraje cívico para pedir las listas abiertas en los próximos comicios electorales. Coraje cívico para exigir que sean los mejores los que rijan nuestros destinos. Coraje cívico para salir a la calle a protestar por decisiones que contrarían a una mayoría suficiente de ciudadanos. Coraje cívico para ir de la mano de aquellas personas honradas, sacrificadas, que parecen ser convertidos ahora en leprosos.
Necesitamos el coraje cívico para no contagiarnos de la mediocridad. Quizá lo más fácil sea decirlo, lo difícil subirse a la primera línea con aquellos que están esperando a un líder que de verdad sea brillante, leal, honesto y trabajador. Coraje cívico, ya.
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