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Desmantelar el campo

Fernando Aller - / /
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El 80 por ciento de la distribución alimentaria está en manos del diez por ciento de los intermediarios. Con está concentración frente a la desunión campesina, está claro quién manda

Hacía tiempo que no se veía una manifestación tan numerosa como la que recorrió las calles de León hace unos días. Prácticamente todos los agricultores y ganaderos de la provincia se dieron cita en las calles de la capital, convocados por las cuatro organizaciones agrarias representativas. Tampoco se recuerda esta unanimidad en una convocatoria de protesta. En esta ocasión fueron aparcadas las diferencias de criterio y, lo que a veces resulta más difícil de olvidar, las rencilla que la lucha sindical genera. Es decir, el problema que vive el campo español es tan grave y las soluciones resultan tan acuciantes, que no ha resultado difícil, aunque sí sorprendente, alcanzar la unanimidad registrada.

Segunda cuestión sorprendente. También en la clase política se registraba el mismo criterio. Una manifestación de estas características siempre va dirigida contra los poderes públicos, en esta ocasión contra la Junta de Castilla y León, contra el Gobierno y contra la Comisión Europea. Tal vez fuera esta diversidad a la hora de definir a los culpables lo que motivó que los dos últimos se mostraron de acuerdo con la protesta campesina. Uno llega a plantearse la duda de si el mismo comisario de Agricultura de la Unión Europea no habría apoyado la manifestación en el caso de habérselo pedido.

Bromas aparte, lo que también demuestran estos apoyos políticos es que el problema es grave y que nadie tiene la solución. La mayoría de los productos tienen un precio de venta por debajo de los costes. Literalmente por debajo. La patata, por ejemplo, se ha estado vendiendo en el campo a seis céntimos. En los supermercados se vende en "oferta" por encima de los cuarenta céntimos el kilo, lo que significa multiplicar por siete el precio en origen. Con la leche pasa lo mismo, ya que apenas ha bajado un diez por ciento en las cadenas de alimentación, mientras que al ganadero se le paga un 30% menos de hace un año.

Lo más llamativo de este asunto, es que España es deficitaria en patatas, ni siquiera cubre sus necesidades alimentarias. Con la leche ocurre lo mismo. De quien es la culpa, por lo tanto, de esta irracionalidad del mercado? En este tipo de problemas suelen ser varios los motivos. Desde luego, un factor importante es la errática política que sigue la Comisión Europea, algo que no es nuevo, pero que se ha agudizado en el último año. Europa no ha tenido muy claro nunca que resulta vital garantizar el autoabastecimiento alimentario, que no se puede depender de países de otros continentes. Se ha hablado mucho de la necesidad de alcanzar el autoabastecimiento energético como garantía de la soberanía de un país o, en este caso, de una comunidad como es la Unión Europea. En materia de alimentación es igualmente importante la garantía de suministro autóctono.

El presidente de la Junta de Castilla y León ha sido muy contundente en este sentido. En el acto de entrega de los premios a la Agricultura, Juan Vicente Herrera dijo hace unos días en Zamora que la "Unión Europea está desmantelando mercados y estableciendo una radical liberalización de algunos sectores", y que esta política en el campo resulta suicida. Los agricultores, a su vez, recuerdan que es falso que los gobiernos apliquen una política de liberalización absoluta en todos los sectores, y como ejemplo ponen la intervención en el sector energético, entre otros.

En consecuencia, los campesinos piden una ley de márgenes comerciales, reducción de la fiscalidad, control del precio de los fertilizantes, ayudas directas más ágiles y con menor burocracia y, en definitiva, una política comunitaria tan sensible hacia este sector como lo está siendo hacia otros también en crisis. Las recientes ayudas de todos los gobiernos dirigidas al automóvil son consideradas como un agravio por agricultores y ganaderos, que se consideran discriminados.

Y un problema no menos importante que todos los anteriores: La incapacidad manifiesta de los agricultores para unirse en la comercialización. Algunos éxitos no ocultan contundentes fracasos. El mercado alimentario está muy concentrado. El 80 por ciento de la distribución alimentaria está en manos del diez por ciento de los intermediarios. Está claro quién manda.


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