Cuaderno de bitácora

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Destruir un prejuicio, desintegrar un átomo

Antonio J. Mencía - / /
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Es frecuente enfrentarse a nuestra Guerra Civil con fuertes prejuicios contra los franquistas, la Iglesia o los republicanos.

Einstein comprobó que cuesta más destruir un prejuicio que desintegrar un átomo.. Me lo recordaba recientemente un amigo escritor, José Ramón Ayllón -del que les sugiero uno de sus libros: ‘Diez claves sobre la educación'- y llega ahora esta comparación porque es frecuente enfrentarse a los problemas de nuestra sociedad con una gran cantidad de prejuicios, propios y ajenos. Uno de ellos es ser de izquierdas o de derechas. Ya necesariamente tienes que tomar decisiones o generar unas actitudes en función de la simpatía por un partido u otro. O simplemente que ser progresista es de izquierdas o conservador de derechas, ¿mira que uno no se encuentra con conservadores de izquierdas y progres de derechas? Asignar también a los simpatizantes de un partido la lectura de un periódico suele convertirse ya en un tópico, aunque en esto es cierto tienen bastante culpa los propios diarios, muchos de ellos en campaña. También es frecuente enfrentarse a nuestra Guerra Civil con fuertes prejuicios contra los franquistas, los republicanos, la Iglesia... Cuando ya deberíamos haber asumido todos los españoles que 'nunca más' una guerra fratricida.

Enseguida nos formarnos un juicio definitivo sobre una persona basándonos ciegamente en las opiniones de sus enemigos o de sus amigos, y ello aparentemente puede llegar a ser imprudente, pues los primeros exagerarán sus defectos e inventarán otros y los segundos, aumentarán sus virtudes y les añadirán otras. Conviene tener en cuenta -para hacer honor a la justicia- las opiniones de los imparciales, los cuales escasean, y las que dictamine nuestra propia conciencia, ya que una errada apreciación por influencia malsana puede conducirnos hacia un error mayor: de nuevo, el prejuicio. Acumulamos prejuicios contra ciertas personas e instituciones que nos llegan del entorno en que nos movemos o del medio de comunicación al que estamos enchufados, y por comodidad no hacemos nuestra propia reflexión y sacamos nuestras conclusiones. Prejuicios como pensar de qué son incapaces los hombres o de qué las mujeres. O los tenemos por el lugar de nacimiento o de residencia.

Y así hasta el final de nuestros días. Lo que tienen todos estos casos en común es el mantenimiento de opiniones previas sobre algo que se conoce mal. Es, como nos dice la Real Academia, juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento. O en palabras de Voltaire: «opinión sin juicio». Aunque por lo general se sobrentiende que los prejuicios son algo desfavorable también los hay favorables. Como apunta Terry Pratchett, el escritor más leído en Inglaterra después de J.K. Rowling, los ricos no están locos son sólo «encantadoramente excéntricos».

Y si comenzaba con Einstein, terminar con él: «Hay dos cosas que son infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro».


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