El espectáculo de la violencia machista
¿A qué obedece, por lo tanto, la escasa repercusión que este tipo de actitudes tiene sobre la sociedad en general?
El goteo de víctimas causadas por la violencia de género es permanente. Es raro el día en el que los medios de comunicación no dan cuenta de una agresión machista, en ocasiones asesinatos. Tan solo en Castilla y León se tramitan al año unos siete mil casos en los juzgados y 1.500 mujeres precisan protección especial ante el riesgo que corren sus vidas.
Los medios de comunicación trasladan a la sociedad una situación que todo el mundo condena. Pues bien, es sorprendente el resultado de una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que se ha hecho pública en Valladolid esta semana: Sólo el 2,7% de los encuestados consideran "grave" la violencia machista.
La indiferencia es la enfermedad más grave de las sociedades avanzadas. Cuando el 97,3% de una sociedad no se expresa de forma contundente contra algún tipo de violencia, es que esa sociedad se encuentra enferma, ha sido anestesiada contra el dolor ajeno.
Las autoridades han realizado esfuerzos económicos importantes para luchar contra esta lacra social. En España todos los grupos políticos aprobaron en el Parlamento una Ley Integral contra la Violencia de Género. La Comunidad Autónoma de Castilla y León ha sido la primera que ha promovido un pacto social contra la violencia de género, con el respaldo de instituciones públicas, colectivos y medios de comunicación. Este acuerdo, firmado por 130 representantes, ha sido el embrión de una propuesta defendida por el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera ante el Comité de las Regiones de Europa.
¿A qué obedece, por lo tanto, la escasa repercusión que este tipo de actitudes tiene sobre la sociedad en general?
Podría argumentarse que existen aún reminiscencias en la sociedad de comportamientos machistas que se pierde en tiempos remotos, como sí se tratara de algo ya físico, incrustado en la conciencia de las personas. Frases tan terribles como "la maté porque era mía", que hasta hace no mucho formaban parte del corolario popular en los corrillos graciosos pueden constituir aún ese poso que alimenta un subconsciente colectivo más resistente de lo que el sentido común nos puede hacer creer.
Eso y que tal vez la actitud de os medios de comunicación, que dejamos en declaraciones de buenas intenciones comportamientos que después no adoptamos como normas de comportamiento, al menos con la rigidez y la decisión que el asunto requiere.
En un encuentro sobre la violencia de género y medios de comunicación se daban algunas claves que si no explican totalmente el problema, sí que deben de ser tenidas en cuenta por cuantos nos dedicamos al oficio de informar. Una de las cuestiones más importantes de las planteadas hace referencia a las "apostillas" que en ocasiones se añaden a la información sobre hechos de violencia machista y que de alguna forma viene a minimizar la agresión, cuando no a justificarla. Por ejemplo, si al dar cuenta del asesinato de una mujer a manos de su pareja se explica que el agresor era alcohólico o tenía problemas laborales o de cualquier otro tipo, probablemente se está propiciando un grado de comprensión hacia el homicida que en absoluto es justificable.
La situación se torna más grave cuando el medio de comunicación es la televisión. Y no digamos si, además, el delito sirve de pasto para el debate, donde un grupo de tertulianos de la basura escudriñan en las relaciones de pareja y donde cualquier persona que pasaba por allí es capaz de desvelar cuestiones que alimentan el morbo y enturbian la realidad. Porque resulta evidente que ante el asesinato ninguna razón puede justificar el hecho, y desde luego es impresentable que se utilice para aumentar la "cuota de pantalla" y la facturación de publicidad. Es terrible pensar que existen intereses económicos que se alimentan del dolor ajeno. Pero más terrible resulta que eso se haga con el cinismo de quien al mismo tiempo alardea de promover la condena de lo que ensalza.
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