Una estafa colectiva
Antes el ‘listo’ y el ‘tonto’ se agenciaban una víctima de pocas luces para sacarle 20.000 euros, y ahora los ‘listos’ encuentran a 20.000 ciudadanos con pocas luces para sacarles un euro a cada uno
A quienes la vimos nacer en aquel blanco y negro que trucábamos con filtros de colores, la televisión nos ha estafado a conciencia durante casi medio siglo. Nos la vendieron como el medio ideal para educar a los niños del futuro y se ha convertido en espejo de las malas vidas; primero nos dijeron que habría un receptor en cada escuela para aprender idiomas y ciencias de la naturaleza con la mejor dicción y el mayor realismo (afortunadamente, el plan para meter en casa al enemigo de la formación escolar nunca se llevó a cabo); luego nos prometieron que tendríamos acceso universal y gratuito a los grandes acontecimientos del mundo, y a la postre hemos descubierto que las programaciones ofrecen poco de interesante y lo más atractivo hay que pagarlo siempre; y para remate, nos ilusionaron con la llegada de la televisión por cable como un nuevo y definitivo cauce de participación ciudadana, el medio por el que los deseos del pueblo llano permitirían una forma de gobernar más cercana a nuestros alcaldes, presidentes de comunidades y ministros de cualquier ramo.
Quizás sea el cable el mayor timo de la historia de la comunicación. En España, aparte de haber sufrido durante años el afán excavador y destrozador de calles de las empresas cableadoras, hemos asistido a un baile de codificaciones y descodificaciones, saltos del cerrado al abierto, fusiones de plataformas y peleas entre plataformas, inversiones en decodificadores y tarjetas, amén de abonos, altas y bajas... todo para llegar donde ahora estamos: en la hora del entierro (funeral, que enterrado estaba) del cable, la llegada de una televisión digital terrestre con la exigencia de otro chorro de millones y millones de inversión, el atraco de la compra de nuevos aparatos, una ensalada de ofertas en la que hasta los estudiosos del mando se pierden; y, lo que resulta más sangrante, el olvido absoluto del medio como cauce de expresión de los deseos de los televidentes.
Aquella participación por la que el alcalde de tu ciudad iba a conocer al instante la opinión de sus administrados sobre sus proyectos faraónicos, el nombre de una calle o las deficiencias del tráfico, ha quedado reducida a dos expresiones insultantes. Los televidentes participan en los programas del corazón con sms que contribuyen de forma esencial al bochornoso espectáculo del insulto y la intrusión en la vida privada y pueden intervenir también en los programas de tele-estafa, esa especie de rifa televisiva con preguntas para tontos y premios telefónicos ilusorios, presentados por jovencitas adiestradas como loros.
Estos programas-engaño constituyen ahora mismo una de las grandes fuentes de financiación de todas las cadenas, incluidas, para escándalo del contribuyente, las públicas. Pero son timos como los de toda la vida. Sólo que antes el ‘listo' y el ‘tonto' se agenciaban una víctima de pocas luces para sacarle 20.000 euros, y ahora los ‘listos' de todas las cadenas encuentran a 20.000 ciudadanos con pocas luces para sacarles un euro a cada uno.
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