La Europa agónica
Aquí las mayores empresas se quieren apuntar al cómodo sistema de llevarse crudo el dinero de los impuestos, de los contribuyentes
La crisis económica está sirviendo a las empresas para aligerar su carga, eliminar lastre, con el beneplácito de la sociedad o, al menos, con un sentimiento de aceptación colectiva de lo inevitable. La supervivencia obligada en los momentos de debilidad.
Pero al mismo tiempo, en este ambiente, grandes empresas animan el pillaje y sacan a relucir su peor cara, la del capitalismo insaciable. En medio, una sociedad que se tambalea, instalada hasta ahora en la abundancia, regida por políticos más preocupados por lo inmediato, las elecciones sucesivas a uno o dos años, que por modificar las estructuras para ganar el futuro. El sistema puede llegar a la autodestrucción, porque la capacidad de consumo está directamente ligada al trabajo productivo.
Son muchos los ejemplos de empresas que pretenden hacer de su necesidad, virtud. Con total claridad lo ha expresado el presidente de Renault España, el francés Jean Pierre Laurent, quien anuncia el cierre de la factoría del rombo en Valladolid si a partir del año 2012 no se dan tres condiciones: que el Estado y el gobierno de Castilla y León les den dinero a espuertas, que los trabajadores acepten recortar sus salarios y que se sometan a un sistema menos rígido de despidos. Sin estas condiciones, Renault fabricará sus coches en países del llamado tercer mundo, donde los salarios son bajos y los derechos laborales, nulos.
El caso Renault resulta ilustrativo porque es el más reciente. La advertencia-chantaje la dejó sobre la mesa Jean Pierre en su visita a Valladolid el día 15 de junio. Pero ejemplos hay muchos más, tanto de fabricantes de coches, como de productores de antibióticos o molturadores de remolacha... Aquí las mayores empresas se quieren apuntar al cómodo sistema de llevarse crudo el dinero de los impuestos, de los contribuyentes. Las compañías más modestas y los trabajadores autónomos, carecen de la presión que ejercen las grandes cifras y serán finalmente los paganos de esta y sucesivas crisis.
Cuando los llamados países emergentes comenzaron a producir lo mismo, pero con costes ínfimos, ya se aventuraba que las sociedades acostumbradas a un mejor nivel de vida tendrían que cambiar su modelo. Se decía hace años que Estados Unidos seguirá liderando la investigación, el desarrollo tecnológico. Que países como China e India, algunos de África y menos de Latinoamérica, acapararán las manufacturas y que para Europa quedarían los servicios, entre los que no será despreciable el capítulo del turismo. Como todas las simplificaciones, también esta es falsa, pero no tanto como para seguir instalados en la displicencia sin que paguemos al final un alto precio.
Ha llegado el tiempo de que los gobiernos hagan frente a los chantajistas, pero eso sólo podría ocurrir si organizaciones supranacionales establecen pautas de conducta rígidas y solidarias. La Unión Europea no está en su mejor momento y, además, las diferencias que existen entre los países miembro dificultan los acuerdos. Eso sin contar con la sospechosa connivencia de determinadas empresas y gobiernos, más allá del interés general.
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