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El falso premio y otras falsedades

Fernando Aller - / /
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Muchas personas son maltratadas cada día con el dolor ajeno previamente fabricado a golpe de talonario.

Un programa de televisión de una cadena privada española desveló hace unos días el extraordinario montaje que había urdido para reírse de alguien, no alcanzo aún a saber si de sí misma, de quienes hicieron el programa, o de los espectadores.

Para quien no esté al corriente del asunto, digamos que una mujer de avanzada edad se hizo pasar por la propietaria de un décimo de lotería jugado en el tradicional Sorteo de Navidad. Compareció ante los medios de comunicación que hacían guardia a la puerta de la administración que había vendido "el gordo" para contar que había metido en la lavadora un décimo premiado con 300.000 euros. El boleto premiado, hecho añicos, lo llevaba en una bolsita de plástico y lo entregó a la gerente del establecimiento de loterías para que gestionara ante el organismo estatal español correspondiente si se podía dar por válido el premio. Se adornó la señora, con un gran talento teatral y ante decenas de cámaras que la acosaban, contando una vida de penalidades y la circunstancia de un hijo que había perdido el empleo. Todos los medios de comunicación se tragaron el anzuelo. Y todos quedaron con rostro de imbéciles por haber dedicado horas y páginas a relatar lo que finalmente se vino a saber que era una patraña.

El programa ha suscitado todo tipo de comentarios, los más críticos y descalificadores por el desaire sufrido por el resto de los medios, todos caídos en la trampa.

Se podrá decir que no es ético utilizar el engaño para colarse en los informativos "serios", con el único fin de hacer un programa de entretenimiento. Se puede afirmar lo contrario, que no se deben poner cortapisas a la inventiva para realizar programas de entretenimiento, que, como tales, no han de estar sujetos a la regla de oro de la información: la veracidad. Se puede argumentar, en fin, que la imaginación y la capacidad para la risa es algo privativo del ser humano y que no solamente programas de este tipo no son censurables, sino que resultan beneficiosos para el espíritu del individuo, tensionado por la vida real, y, consecuentemente, muy positivos para mejorar la convivencia social.

Cada uno puede juzgar el asunto como mejor le parezca. Lo grave no es el programa en sí, lo que realmente me parece preocupante es que este tipo de programas sea aceptado por la gente como algo normal. De hecho, las únicas críticas que se han oído procedían de los medios de información desairados, los que cayeron en el engaño. Esta circunstancia nos lleva a reflexionar sobre la indolencia de los espectadores, que no exigen nada, que tragan lo que le echen por la llamada "pequeña pantalla", que nada tiene de "caja tonta". Lo ocurrido y la falta de reacciones posteriores, nos lleva a concluir que socialmente se asume el engaño y que ha tomado carta de naturaleza el montaje informativo.

Resulta impensable un reportaje de estas características si no se hubiera creado con anterioridad un ambiente de normalidad sustentado en el engaño, si no se hubiera instalado en la normalidad la compra-venta de historias humanas falsificadas o falseadas. Porque lo grave, lo auténticamente grave, es que muchas personas, ingenuas o carentes de información, son maltratadas cada día con el dolor ajeno previamente fabricado a golpe de talonario.


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