Fútbol contra terror
El atentado de Burgos del miércoles constituye una expresión maloliente de los estertores de todas las ramas de la banda
La forma como celebramos los españoles la normalidad en una parte de nuestro territorio desvela las secuelas de una inaceptable y prolongada ignominia. La satisfacción que nos invade cada vez que el País Vasco da otro paso hacia el orden constitucional retrata a la perfección la imagen de un pasado vergonzante. Treinta años conviviendo con 'el mundo del revés' han desgastado nuestras conciencias y ahora que la razón vuelve a sus dominios estamos tentados de lanzar cohetes para festejar que el sol sale por el este.El ondear de la bandera nacional y la retirada de los altares consagrados a los terroristas han removido las tripas de los nacionalistas acostumbrados al sinsentido de sus incoherencias institucionales. Escandalizados de que dos y dos vuelvan a sumar cuatro, se aprestan al contraataque tras un repliegue estratégico. Como siempre, pero con una mayor dosis de locura asesina que nunca, ETA golpea primero para que otros saquen el fruto maligno de las conclusiones. Si la banda terrorista callara, el conglomerado político vasco se quedaría sin recursos para la absurda dialéctica del conflicto, la negociación y el chantaje.
El atentado de Burgos del miércoles constituye pues una expresión maloliente de los estertores de todas las ramas de la banda. La constatación de la persistencia del horror a la vuelta de la esquina.
Enfilada la senda de la eficacia policial y estrechado el cerco a todas las manifestaciones de esa idea tan simple que reza 'O aceptáis la extorsión o moriréis', hay que profundizar en las señas de la normalidad. En ese camino, celebrar un partido de la Selección nacional de fútbol en el País Vasco, como propone UPyD, supondría la práctica de lo que debería ser cotidiano y ahora puede observarse como un hito.
Un jalón para la historia como respirar, comer o hablar español en Cataluña.
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