Lo que haya de ocurrir que ocurra… ya
Lo decía un empresario en una reunión reciente convocada en homenaje a uno de los suyos. Este empresario quiere ver el fondo. Ya no le importa tanto si su empresa vale la mitad o la cuarta parte de lo que valía hace dos años. Lo que este constructor reclama es conocer la dimensión de la crisis, tocar fondo... Porque a partir de ahí podrá diseñar una nueva estrategia.
Lo decía un empresario en una reunión reciente convocada en homenaje a uno de los suyos. Este empresario quiere ver el fondo. Ya no le importa tanto si su empresa vale la mitad o la cuarta parte de lo que valía hace dos años. Lo que este constructor reclama es conocer la dimensión de la crisis, tocar fondo... Porque a partir de ahí podrá diseñar una nueva estrategia. Tocado el suelo, podrá buscar impulso para retomar el vuelo, o tal vez no. En todo caso, sabrá a qué atenerse. Lo que peor lleva este empresario leonés, que podría ser de cualquier otro lugar de España o del mundo, es la incertidumbre, el estado de ansiedad en el que vive. En el fondo, quiere una crisis evaluable y con plazos. Pues va a ser que no, le respondería en su lenguaje un adolescente.
A tenor de lo que nos depara la actualidad de cada día, nuestro empresario persigue una quimera. La misma que se oculta a esos tres millones de parados inscritos en las listas oficiales del desempleo, a los que se sumará una cifra que nadie se atreve tampoco a pronosticar para los próximos meses. Los expertos en la materia tampoco están contribuyendo mucho a mitigar el desasosiego. Por el contrario, cada pronóstico de los expertos es el preludio de una nueva frustración.
Lo único que está muy claro es que nuestro mundo es más barato de lo que creíamos. Las cosas que los humanos hemos ido creando sobre el planeta, máquinas, edificios y conocimiento, tienen un valor muy inferior al que nosotros le habíamos otorgado. Así que los gobiernos se han puesto con ahínco a corregir el desfase. Lo hacen dándole a la manivela de fabricar billetes. Al principio los ciudadanos más ignorantes creíamos que los gobiernos nos habían ocultado que eran ricos. Cada día se sacan de la manga miles de millones para tapar agujeros. Aquí para un banco que había comprado ganga creyendo que era material precioso. Allí para un jugador de bolsa que con un señuelo hábilmente construido había atraído a millones de inversores como la vacuidad de la luz atrae a las mariposas. Un poco más cerca, para un fabricante de coches que deja en la calle a miles de empleados porque diseñó una espiral de beneficio sobre la nada, apoyado en el crédito del crédito y sin cimientos propios de solidez...
El castillo de naipes se ha derrumbado y su precio se paga ahora con carretillas de billetes que las fábricas de moneda del mundo apresuradamente sacan al mercado. Eso sí, ya lo sabemos: de momento se trata de crear un dique de contención, fuerte y que no nos arrastre. Después ya veremos (o ya verán) cómo y quiénes lo pagamos.
Pero eso ya ni siquiera importa mucho. Como nuestro empresario, lo que pedimos todos es un suelo donde pisar firme. Aunque sigamos hundidos.
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