Historias de una "y" que separa
Abrimos los periódicos cada día con la ilusión de descubrir el nuevo exabrupto de Aído. Aparte de sus neoinventos.com al estilo de una librería sólo para mujeres, la ministra más joven, osada y errada de la reciente historia democrática ha demostrado que la única utilidad de un departamento tan etéreo como el de Igualdad reside en la capacidad de su titular para proponer nuevos vocablos como ‘miembra’ con los que abrumar a los desbordados miembros de la Academia de la Lengua.
Por si fuera poca la tarea que impone Bibiana, sus correligionarios consienten en dar patadas al diccionario, e incluso se atreven a reconstruir el mapa autonómico con nuevos nombres de regiones. Así, Pepiño Blanco confesaba hace unos días sus amores por una tierra llamada Castilla-León (sic), a la que había consentido en enviar a uno de sus más fieles escuderos en el PSOE, Óscar López, para que siga los debates parlamentarios por Internet.
El secretario de Organización socialista no sabe, como otros muchos políticos y comunicadores, de la importancia de la ‘y’ en Castilla y León. Por mera contaminación semántica se les cruza el guión que tan bien cuadra en Castilla-La Mancha y tan mal sienta en las tierras de la meseta. Pocos discursos tan patéticos como el del dirigente que se precia en público de conocer y admirar su añorada ‘Castilla-León’.
Ellos no han sufrido la historia de esa conjunción, símbolo inmarcesible de la lucha política por las palabras. Por una letra pelearon en su día los leoneses como si les fuera en ello más vida que en la defensa de la minería del carbón. Así que las minas se cierran pero la conjunción campea libre y aireada entre las dos regiones que conforman esta Comunidad Autónoma. Podemos afirmar sin temor a meter la pata como la ministra que nunca una conjunción copulativa separó tanto, porque los leonesistas la colaron con calzador para dejar muy claro su diferencia (independencia, dirían ellos) con Castilla.
Nosotros tenemos nuestros pequeños aprendices de nacionalista y les entregamos como juguete una letra que les encanta. Esto nos obliga a pronunciar gentilicios reñidos con el genio del idioma, como ‘castellanos y leoneses’ o, en versión del nuevo lenguaje políticamente correcto, ‘leonesas y castellanas’. Duele en la lengua pero no es un bálsamo caro si calma a las fieras.
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