La importancia de no ser de derechas
Las encuestas han reflejado desde hace tres décadas que existe una bolsa de dos millones de españoles ubicados entre el centro y la izquierda moderada
A los periodistas de derechas les ha dado últimamente por añorar un partido español que se defina como ‘de derechas' y se están dedicando a cortarle un traje a Mariano Rajoy por continuar amarrado a ese centro-derecha que inventó José María Aznar con motivo del entierro político de Manuel Fraga y como barniz de camuflaje durante el asalto al poder felipista.
Tanto nacionalismo radical y tanto izquierdismo sociológico como campan en los gobiernos de España han provocado de rechazo este inusitado fervor por una adscripción tan devaluada como la derecha.
Porque desde que los liberales sentados a la izquierda en la Asamblea que surgió de la Revolución francesa pasaron por encima de los monárquicos sentados a la derecha para instaurar la democracia, esa parte diestra del parlamento huele a derrota y a antiguo régimen. Y más en España, con la sobredosis de derecha que nos amargó la vida durante cuarenta años tras la guerra civil.
Quienes piden a Rajoy que se defina nítida y decididamente de derechas, igual que Rodríguez Zapatero se confiesa rojo y de izquierdas, olvidan los atavismos: la herencia cuyo influjo puede cerrarle el paso hacia la Moncloa. Que treinta años no son nada en cuestiones de conciencia profunda y no ha llegado el tiempo en que un partido de derechas logre una mayoría suficiente para gobernar.
Las encuestas han reflejado desde hace tres décadas que existe una bolsa de dos millones de españoles ubicados entre el centro y la izquierda moderada cuyos votantes deciden gobiernos y mayorías. Hacia ellos tiende sus redes Rajoy, para dolor de Esperanza Aguirre y sus turiferarios periodistas.
En realidad, también en el PP están convencidos de que será Zapatero quien pierda las elecciones por su asombrosa capacidad para agravar la crisis económica sin adoptar una sola decisión eficaz.
Para Rajoy y sus correligionarios, más importante que las etiquetas son los perfumes: olor a compañerismo y no a corrupción. Con eso les puede valer.
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