Un joven aburrido
A chicos como Edgar la ministra de Educación quería permitirles saltar de curso de Primero a Segundo de Bachillerato con cuatro suspensos.
Se aburría y en lugar de tirar piedras a los perros como hacían antaño los jóvenes cuando el despecho y los primeros síntomas de primavera agobiaban su corazón, ‘Edgar el segoviano' agarró el móvil, trucó hábilmente la tarjeta SIM para que la Policía no descubriera su identidad y llamó para avisar de la colocación de falsas bombas en aeropuertos y grandes superficies.
Disfrutó de ello y seguro que grabó algún vídeo de sus hazañas para subirlo a Youtube y entrar por fin en la lista de héroes del nuevo Olimpo: el paraíso de las redes sociales.
Llamó y amenazó hasta que le pillaron, porque el mundo de las telecomunicaciones funciona como un Gran Hermano donde al final resulta que cada movimiento queda grabado en el hiperespacio y todo se descubre si alguien igualmente hábil sabe desandar tus pasos.
Edgar tiene a sus 17 la misma imaginación que un zote de nacimiento. La wii y los juegos on line han provocado una epidemia de goteras en su cerebro. No ha leído a Orwell y por tanto desconoce el alcance del ojo del Gran Hermano. Ahora el juez, si se atreve, le concederá unos meses para meditar en un centro de internamiento para menores, donde podrá comprobar el alcance de la imaginación torturadora de sus compañeros, si cae en alguno de estos reformatorios-pesadilla que la prensa ha descubierto en las últimas semanas.
A chicos como Edgar la ministra de Educación, Mercedes Cabrera, quería permitirles saltar de curso de Primero a Segundo de Bachillerato con cuatro suspensos. Era una señal de relajación, un permiso para vaguear y una invitación a la holgazanería que el Supremo ha tenido que cortar de raíz.
Así es la parte negra de esta ‘generación de la gran crisis': sobradamente preparados en alta tecnología, iletrados en lo que a literatura se refiere, aburridos a conciencia porque nada suficientemente fuerte logra sobrepasar el umbral de su capacidad de asombro, y acostumbrados a triunfar con la ley del mínimo esfuerzo. Menos mal que frente a ellos hay una mayoría de chicos y chicas espabilados por Internet, que leen menos que sus antecesores pero lo suficiente para conocer bien el mundo que les rodea, hablan inglés y adoran las ONGs solidarias. El futuro de nuestro mundo depende de que unos u otros lleguen al poder.
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