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La lección de García de la Concha

Julián Ballestero - / /
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Esa perspectiva de salud y crecimiento constante del español en el mundo debe servir de acicate para avanzar en la configuración de una industria basada en la investigación y la calidad en la enseñanza.

Víctor García de la Concha lanzó el pasado martes en Salamanca un mensaje de fortaleza, potencia y vitalidad en su vibrante análisis de la historia del uso del español y, en estos oprobiosos tiempos de depresión, cuando no ganamos ni para Prozac, las palabras de entusiasmo del director de la Real Academia de la Lengua suponen un agradable reconstituyente para nuestros abatidos espíritus.

La palabra vigorosa del número uno en la institución para la defensa del castellano resonó en las conciencias de los centenares de asistentes a su conferencia en el teatro de Caja Duero de la capital charra. García de la Concha ejerció de exorcista contra todos los complejos que todavía coartan a los hispanohablantes: el español nació del mestizaje con otras lenguas romances, sin imposiciones, avanzando gracias a la general aceptación del pueblo llano, sin la necesidad de leyes o fueros que le dieran ventaja, enriqueciéndose con léxico y fonología de sus vecinos, y siempre creciendo como un organismo vivo que se desarrolla por adición sin rechazar nada aprovechable.

El director de la RAE reventó en el aire las leyendas negras del castellano como idioma del Imperio y como lengua de conquistadores, esas supersticiones vigentes dentro y fuera de nuestras fronteras durante tantos años. Sin complejos, anunció que los 409 millones de hablantes del español crecerán a buen ritmo durante las próximas décadas y se entenderán en un idioma que ha sabido mantener sus esencias y su unidad en lo fundamental pese a (o quizás precisamente gracias a) la permeabilidad. Los diccionarios, gramáticas y ortografías que la RAE ha lanzado en los últimos años de la mano del resto de academias americanas constituyen los clavos primordiales para apuntalar una norma confeccionada con los mismos ingredientes originarios del castellano: el mestizaje y la capacidad para aglutinar todas las expresiones de una lengua en ebullición.

La lección de optimismo del lingüista, ligado sentimentalmente a Castilla y León por sus años de catedrático de Literatura Española, representa un aldabonazo en las conciencias de los gestores públicos y privados dedicados a la promoción y el desarrollo de la enseñanza del idioma. Esa perspectiva de salud y crecimiento constante del español en el mundo debe servir de acicate para avanzar en la configuración de una industria castellana y leonesa basada en la investigación y la calidad en la enseñanza, en una Comunidad que, si no fue su cuna (un honor que le disputan Rioja y Cantabria, según reconoció García de la Concha), sí puede considerarse hoy como el mejor espacio donde aprender su uso en un contexto privilegiado de patrimonio, cultura y gastronomía. Se trata de un tren que no pasa dos veces en estos tiempos de crisis, cuando tanto nos empeñamos en la búsqueda de nichos de actividad económica y otros nidos de pájaros.

 


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