La lectura, arma de felicidad
Para quienes amamos la lectura, resulta una obviedad decir que la soledad no existe si disponemos de un libro que nos atraiga.
En una reunión colegial en León, la madre de un alumno de secundaria recriminó al profesor porque su hijo no leía nunca un libro. Entendía la madre que el fallo estaba en el docente, que no obligaba a los jóvenes a leer libros o bien no sabía estimularlos suficientemente. El maestro, con suma calma, miró a la mujer y le preguntó: ¿Su marido y usted leen habitualmente libros? La mujer contestó que no. Normalmente el tiempo de ocio en casa lo dedicaban a ver la televisión.
La anécdota me la ha recordado una noticia difundida estos días desde Estados Unidos. Un estudio realizado por la Universidad de Maryland refleja que las personas que no son felices pasan más tiempo viendo la televisión, mientras que las personas que se describen a sí mismas como felices dedican más tiempo a leer. El estudio se ha realizado con datos de los últimos 30 años, con una muestra de 30.000 personas adultas, y concluye que "el hábito de ver la televisión puede ofrecer un placer más inmediato" mientras que la lectura provoca una satisfacción inmediata y a la vez duradera.
Es lógico también que el estudio haya detectado que en época de crisis económica aumenta el consumo de televisión. Resulta lógico pensar que el incremento de la inactividad laboral conlleva un incremento de las horas que las personas dedican al ocio más barato y que no requiere esfuerzo alguno, como es ver la televisión.
Para quienes amamos la lectura, resulta una obviedad decir que la soledad no existe si disponemos de un libro que nos atraiga. Lo dijo alguien tan poco sospechoso de inactividad, J. F. Kennedy: "Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía"
Resulta tranquilizador para los padres saber que el hijo aficionado a la lectura nunca se encontrará sólo y que las posibilidades de padecer depresión son infinitamente más pequeñas. Pero es que, además, la lectura le hará soñar con otros mundos, con otras gentes, y esto mismo le impulsará a salir de sí mismo y propiciará también las relaciones sociales más creativas. Ya lo decía Cervantes: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho".
Pero más allá de la satisfacción interior, de la felicidad íntima que puede producir avanzar en el pensamiento en paralelo con la historia o el ensayo del libro que tenemos en las manos, la lectura modela al hombre y lo hace más comprensivo, más sociable. Lo advertía Pitágoras: "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres".
Desconozco que habrá sido del niño que tenía preocupada a su madre porque no leía libros. Tal vez hay cambiado. O tal vez sea una de esas personas que le están dando la razón a Teresa de Jesús. La santa de Ávila reflexionaba sobre el liderazgo que ella con tanta sabiduría ejercía: "Lee y conducirás, no leas y serás conducido".
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