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León, capital literaria

Fernando Aller - / /
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León, una provincia de apenas medio millón de habitantes, es una referencia para muchos sorprendente de la pujanza de la literatura que se escribe en español. Ninguna otra provincia de España agrupa una nómina tan extensa de escritores premiados y reconocidos.

Tres académicos de la lengua, de los cuales dos son referentes incuestionables de la novela y el relato (Luis Mateo Díez y José María Merino) y uno que ha alcanzado cotas elevadas como estudioso de la lingüística, Salvador Gutiérrez, así como un premio Cervantes, Antonio Gamoneda, y varios autores reconocidos con los más importantes galardones literarios que se otorgan en España, dibujan un panorama realmente sin parangón.

Ante una situación como la descrita, ha resultado sumamente oportuno el lugar elegido por la Asociación Colegial de Escritores de España para celebrar su Octavo Congreso: el Hostal de San Marcos, una de las joyas arquitectónicas de España convertida en parador de turismo.

Un premio Cervantes, el más importante reconocimiento de las letras hispanas,  Antonio Gamoneda, abrió las jornadas de debate sobre “Literatura y Pensamiento” y el mensaje de otro gran laureado, el Nobel portugués José Saramago, cerraron cinco días después el encuentro. En medio, el desarrollo del Tercer Congreso de Literatura Leonesa, un encuentro que comienza ya a resultar tradicional, que organiza el Diario de León, y que fue clausurado por la consejera de Cultura de la Junta de Castilla y León, María José Salgueiro.

Mensaje y no palabra fue la comunicación de Saramago, porque desgraciadamente una enfermedad le impidió viajar hasta León, como estaba previsto. Su ponencia fue leída por el escritor y secretario de la Asociación  de Escritores, Andrés Sorel. También el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, envió una comunicación que fue leída en el  acto de clausura. “La literatura, en opinión de Zapatero,  constituye una imagen de nosotros mismos, levanta una cartografía fiel de nuestro presente, de nuestro ayer, de nuestro mañana. España no se puede entender sin su literatura. Lugar de memoria, de reflexión y de sentimiento donde se ha ido depositando nuestra experiencia de siglos”. “Un país como el nuestro –concluía-  debe a sus escritores un tributo de admiración y respeto, no sólo por el papel que cumplen poniendo nombre a nuestros sueños, a nuestras esperanzas y a nuestras pesadillas, sino también por todo lo que han aportado a nuestra vida colectiva”.

Saramago analizó la dificultad de trasladar al lector esos sueños. En opinión del autor portugués, “transportamos lo que vemos y lo que sentimos a un código convencional de signos, de escritura, y dejamos a las circunstancias la responsabilidad de hacer llegar a la inteligencia del lector no la integridad de  la experiencia que nos propusimos transmitir, sino más o menos una sombra de lo que en el fondo de nuestro espíritu sabemos que es intraducible. Por ejemplo, la emoción pura de un encuentro, el relumbrar de un descubrimiento, ese instante fugaz de silencio anterior a la palabra que se va a fijar en la memoria como el resto de un sueño que el tiempo no apagará por completo”.

Más pesimista se mostró nuestro Premio Cervantes. Opina Gamoneda que en los últimos años las industrias editoriales han impuesto sus intereses a la creación literaria, lo que ha convertido los valores estéticos en valores de consumo. Aún así, la palabra siempre tendrá un valor más allá de lo puramente material o económico. Gamoneda  lo expresaba de forma más profunda :”No sé lo que sé hasta que me lo dicen mis propias palabras ya escritas”.

cuatrocientos millones de personas pensamos en el mundo con los mismos códigos, con las mismas palabras

Si el presidente del Gobierno recordaba que España no se entiende sin su literatura, la consejera de Cultura incidía en esa realidad repetida y sin embargo con frecuencia olvidada. Que cuatrocientos millones de personas pensamos en el mundo con los mismos códigos, con las mismas palabras. Y lo decía en la tierra que dio origen a este fenómeno.


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