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Libre elección de médico en ventanilla única

Julián Ballestero - / /
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Cuando Esperanza Aguirre lanza a bombo y platillo el anuncio de la libre elección de médico

Cuando Esperanza Aguirre lanza a bombo y platillo el anuncio de la libre elección de médico y hospital en toda la Comunidad de Madrid, pueden suceder dos cosas: una, que sus colegas presidentes de otras autonomías se partan de la risa ante la típica vieja promesa tan bienintencionada como imposible, o dos, que el resto de mandatarios regionales sufran el efecto contagio y se apresten a poner en marcha el mismo idílico sistema: este de ‘a mí me cura mi médico y no me toca ningún matasanos más’.

Conscientes de la asombrosa capacidad de sugestión y el nulo espíritu crítico propios de nuestros políticos, cabe esperar un tropel de mandatarios por la segunda vía.

Perderán las posaderas por comprometerse a satisfacer esa vieja aspiración de todo enfermo maltratado por el sistema sanitario, convencidos de que las promesas se las lleva el viento como las hojas en otoño. La cuestión, antigua como la democracia, manoseada por los gestores del sistema y utilizada para la captación de votos desde que a todos nos duele el estómago, consiste en una ecuación tan complicada como cuadrar el círculo. Si hay médicos buenos y malos, todos nos apuntaremos al más competente y ni el más tonto o desinformado querrá ser palpado por el inútil malhumorado de turno. Y si nos dan a elegir centro, una iniciativa loable y del agrado de todos los dolientes, acabaremos agrupados en manada a las puertas de la Clínica Ruber, por un suponer. Lo de la libre elección de médico se ha resuelto hasta ahora con la táctica, comprensible pero tramposa, de superponer todas las trabas posibles a cualquier paciente gruñón que pretenda saltar de un especialista a otro. Y mejor así.

Ilusión de ilusiones y en la administración todo es ilusión

Con el tremendo follón que se traen entre citas, listas de espera y remisión de usuarios de uno a otro galeno, sólo faltaría añadir la locura del ‘profesional de la medicina a la carta’. Más que carta, sería certificado de defunción del sistema sanitario. Pero, hala, por prometer que no quede. Y enseguida nos regalarán los oídos con la ventanilla única sanitaria, para completar el paquete. ¡Una ventanilla única más, y van trescientas! Como la libre elección de médico, se habló de ella la primera vez hace veinte años y se ha prometido tres mil veces. Al final, se han puesto en marcha tantas ventanillas únicas (en cualquier provincia tenemos la Empresarial, para Extranjeros, de la Cámara de Comercio, de Creación de Empresas, Tributaria, de la Diputación, de los ayuntamientos... y la gran Ventanilla-Única-Única, por supuesto) que ahora el administrado realiza los mismos paseos que en los tiempos del ‘vuelva usted mañana’, zarandeado de una a otra oficina, sólo que todas son, felizmente, ventanillas únicas.

Como las ‘oficinas sin papeles’, donde sólo hay ordenadores, sí, pero escoltados por varias impresoras que escupen más folios que la suma del viejo correo postal y los ya anticuados faxes. Ilusión de ilusiones y en la administración todo es ilusión.


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