Mal de altura
Después de haber sido aplaudidos por Obama tras alcanzar el liderazgo mundial en el desarrollo de las energías renovables, España sufre mal de altura y renuncia a su posición.
Muchas personas se quedaron atónitcas, y escépticas, cuando el 16 de enero el nuevo presidente de Estados Unidos, Barak Obama citó a España como modelo a imitar en el desarrollo de las energías renovables. Estar a la cabeza de algo en un mundo tan competitivo, que no sea el deporte o la gesta más o menos individual, y que además la mayor potencia del mundo lo reconozca, no es asunto baladí.
Hace ocho años España, siguiendo las directrices de la Unión Europea, se marcó el reto de conseguir en el año 2010 el 30 por ciento de su producción eléctrica con recursos renovables. Pues bien, ese objetivo ya se ha conseguido el pasado mes de febrero, si bien hay que precisar que el consumo ha sido inferior al previsto debido a su reducción por la crisis económica. Además, las lluvias han contribuido también a aumentar la energía de origen hidráulico.
En todo caso, que un tercio de la energía que se consume en España sea totalmente respetuosa con el medio ambiente, marca un hito que no ha conseguido ningún país del mundo. Esto es algo que nos ha de llenar de orgullo, sin despreciar otras cuestiones más pragmáticas e importantes, como es el desarrollo económico que ha propiciado o la menor dependencia energética que supone. A nadie se le oculta que un país no es totalmente soberano si no tiene garantizada la energía que consume.
Sin embargo, el Gobierno español, tras el éxito da la impresión de haber sido afectado por el mal de altura y ha decidido reducir el crecimiento poniendo topes. El ministro de Economía parece más preocupado por encajar desviaciones tarifarias que por continuar la apuesta realizada hasta ahora. Al mismo tiempo, el Gobierno ha trasladado, torpemente, una imagen negativa de la energía renovable al no saber, ni querer, explicar la situación derivada de las primas que las energías eólica y fotovoltáica perciben.
Las energías renovables están siendo primadas vía tarifa con el fin de animar a los inversores a adentrarse en un camino que, como todos en sus inicios, resulta difícil. El alto coste de las placas solares y de los molinos de viento no se puede amortizar con la energía que producen a precio de mercado. Pero la prima no supone tampoco un alto coste para la sociedad. Todo lo contrario. Grandes capitales se han puesto en marcha alentados por estos precios "especiales", lo que ha motivado una pujante industria de componentes de producción eléctrica a la que España no podía responder con la urgencia que imprimió un mal cálculo del gobierno. El famoso ultimátum que se dio a las instalaciones fotovoltáicas, con fecha límite al 29 de septiembre pasado para su puesta en funcionamiento, propició, más allá de unas cuantas irregularidades administrativas, un sobreprecio abusivo del que se beneficiaron, en primer lugar, industrias de China.
Este error de cálculo, que evitó un crecimiento acompasado a los planes industriales en territorio español, no puede ocultar otro dato importante: que todo este crecimiento se ha producido con dinero privado. Si bien la tarifa inicialmente ha venido compensado el alto grado de inversión, no es menos cierto que a medio plazo permitirá un abaratamiento espectacular de los costes. La producción nacional de placas, seguidores, inversores y otros elementos, propiciarán un gran aumento del Producto Interior Bruto del país, que compensará otros sectores en recesión.
Países europeos con Estados Unidos a la cabeza se preparan para iniciar el recorrido que España emprendió de forma pionera con tanto éxito. Seguramente nuestras empresas saldrán fuera, porque han adquirido una experiencia que será bien pagada en el exterior. España, entre tanto, renuncia a mantener el liderazgo, ni siquiera a estar en los puestos de cabeza.
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