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Manifiesto alternativo por la lengua

Julián Ballestero - / /
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Manifiesto no pedido, excusa segura. Un texto firmado por cien mil personas esconde al menos noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve mentiras. ¿Por qué? Pues porque se trata de una declaración de principios escrita por un intelectual en una noche de insomnio y limada por otros colegas de parecido pero no igual pensamiento a lo largo de dos tardes de poco café y mucho orujo, y al que se adhieren como lapas miles de españoles simpatizantes de la causa, cada uno de los cuales quitaría o añadiría algún argumento, si le dejasen.

El significado profundo cuando un puñado de intelectuales lanza un manifiesto en defensa del español reside en la intención: ¿qué pretenden los Savater, Vargas Llosa, Boadella, Espada y Cía con ese pulso público a los radicales nacionalistas? ¿Alguno de ellos ha soñado con torcer de esa guisa la voluntad apisonadora de quienes se han propuesto arrinconar al castellano en sus feudos territoriales? No parece.

El objetivo no es cambiar el mundo nacionalista, sino poner colorados a sus dirigentes.

Cuando el propio Savater reconoce que habría que cambiar la Constitución y los Estatutos de Autonomía para frenar la campaña contra el derecho a hablar y aprender en castellano está dilatando cualquier solución a cuando los griegos celebren las calendas, que será nunca.

El objetivo no es cambiar el mundo nacionalista, sino poner colorados a sus dirigentes.
Aun así, no dejo de reconocer el fuerte atractivo de la causa: defender la lengua común frente a toda esta normativa panfletaria de los gobiernos excluyentes, empeñados en reprimir la pujanza de un idioma en plena expansión en el mundo. Pero los del manifiesto parten de un error legal: con la Constitución y los Estatutos de Autonomía en la mano, los catalanes, vascos y gallegos están legitimados para avanzar en sus políticas de inmersión, e incluso tienen derecho a suicidarse por inmersión. Los ciudadanos de esas autonomías les votan para que prosigan por esa estúpida senda que arrancó por la vereda de la diversidad para desembocar ahora en el valle del culto a lo más paleto.

Firmaría el manifiesto si no estuviera convencido de que no existe peligro para el castellano y sí para la pervivencia de la cultura, la diversidad y la intelectualidad en territorios con políticos de mollera cerrada.

¿Y si firmáramos un manifiesto en defensa del nacionalismo inteligente, como si no fuera una contradicción en los términos?

 


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