Cuaderno de bitácora

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Maqroll, el ojeador

Julián Ballestero - / /
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Podría arrancar mi andadura en lo alto de esta bitácora con una declaración de principios. Pero resultaría aburrido y el manual del bloguero no lo recomienda. Así que comenzaremos la singladura por esta esquina de la web de la Fundación de la Lengua Española con una demostración de inconsecuencia: en un rincón donde riela la bandera de la defensa de la riqueza cultural de Castilla y León y que debería servir de escaparate de la pujanza del castellano, caemos el primer día en el error de utilizar la palabra bloguero.

 

Uno de esos palabros impuestos por crisis de modernidad, importada del inglés y excluida de los diccionarios de nuestra lengua. Un término duro y extraño, que chirría como un engranaje desajustado en nuestras entrañas de amantes del idioma. Sin embargo, quienes desde los tribunales de la pureza del español han intentado imponer el uso de sucedáneos como "atalaya" o "bitácora" han naufragado en los acantilados de la cotidianidad, sepultados por el alud del uso.

Así que voy a lanzar una tercera oferta, un vocablo con sabor marino: gaviero. El que otea el horizonte desde la gavia y grita tierra para contento de la tripulación, o descubre bancos de peces plateados antes de lanzar las redes.

A mí la palabra bloguero se me atasca en la parte alta de la garganta. Lo reconozco, no puedo con ella. Así que voy a lanzar una tercera oferta, un vocablo con sabor marino: gaviero. El que otea el horizonte desde la gavia y grita tierra para contento de la tripulación, o descubre bancos de peces plateados antes de lanzar las redes. Como Maqroll el Gaviero, el inolvidable personaje de las novelas de Álvaro Mutis, aquel aventurero sin escrúpulos, pendenciero e inquieto, cuyas peripecias constituyen uno de los tesoros escondidos de la literatura latinoamericana.

Aunque, puestos a defender nuestra tierra, mejor sería llamar ojeador al bloguero, para honrar el acierto de Miguel Delibes en "Los santos inocentes". Como Paco, el personaje que Alfredo Landa elevó a la categoría de mito, al que no se le escapaba un palomo en el aire o en la tierra. Alabado, espoleado y humillado, casi sacrificado, por su señorito.

En todo caso, desde lo más alto del palo mayor o subidos a la rama traidora de una encina, lo importante será que avistemos la tierra prometida de la abundancia en los horizontes de una meseta pródiga en patrimonios, letras, parajes, historias y cuentos. No faltarán piezas a las que echar el ojo para disfrutar o disparar. Que de todo habrá.


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