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La mentira escrita

Fernando Aller - / /
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Asumir que hay un periodismo al que se le puede permitir la frivolidad o la mentira, es abrir un dique que terminará arrastrando a todos los medios

La noticia se ha difundido como el paradigma del mal que aqueja a la prensa sensacionalista del Reino Unido, pero más allá de los datos concretos merece ser tenida en cuenta como referencia para la reflexión entre quienes nos dedicamos al oficio de informar. Un equipo de autores de documentales ha logrado demostrar que resulta fácil engañar a los periódicos sensacionalistas del Reino Unido, a los que se les puede vender, a veces sin precio a cambio, cualquier falso asunto si sirve para construir un titular llamativo. Las noticias no son contrastadas. Nadie se preocupa de llamar a las personas implicadas. Todo se da por cierto si beneficia al medio, si el escándalo permite aumentar la difusión. Entre otras noticias que habían "colado" los autores de la broma, que han plasmado en un documental cinematográfico, figuraba la falsedad de que el pelo de la cantante Amy Winehouse se había prendido fuego o que Guy Ritchie, exmarido de Madonna, se había herido en un ojo al lanzar al aire cuchillos tras haber bebido abundantemente.

El arte de engañar a un mentiroso, titulaba el periódico El País la noticia recogida de la agencia Efe. Un título en sí mismo engañoso, porque podría sacarse la impresión de que la cuestión no es tan grave, al fin y al cabo hay una prensa mentirosa que se merece el escarnio público.

Esta especie de complacencia, de permisividad, con un tipo específico de periodismo perverso, es asunto más grave de lo que parece. Asumir que hay un periodismo al que se le puede permitir la frivolidad o la mentira, es abrir un dique que terminará arrastrando a todos los medios. El único patrimonio que tiene un medio de comunicación es su credibilidad.

Lo peor de todo es que los medios de comunicación en la actualidad no están muy lejos de sucumbir a las prácticas que denigran, algunos ya han sobrepasado la barrera, y de las cuales se mofan. La realidad es que en la actualidad existe una confusión tremenda como consecuencia de la irrupción de Internet y las dificultades que existen para verificar las noticias. El libelo se ha instalado como práctica habitual de trabajo. El chantaje es práctica frecuente y nadie parece preocupado de poner coto en la red a este tipo de periodismo nauseabundo, más que amarillo.

Pero cuidado, porque también algunos periódicos serios están cayendo en la trampa. A veces sin pretenderlo. En unos casos se debe a la escasez de plantillas, a la crisis económica, pero en otros muchos a la mercantilización del oficio de periodista, que se dedica a vender la noticia como si se tratara de piezas de caza. Una fórmula más rentable que las plantillas profesionalizadas y experimentadas. Todo esto provoca que los periodistas y los medios de comunicación estemos en las horas más bajas de la consideración social. Y no es por ignorancia, que el mundo empresarial bien sabe de qué va este asunto. Lo que ocurre es que se juega al corto plazo, como se ha hecho en otros sectores económicos en los últimos años, y esta circunstancia ha motivado que primen intereses malsanos por encima de la consideración tradicional: la información como un servicio al pueblo y como garante del juego democrático.

Pero todo esto se pagará, y muy caro. El prestigio -la confianza, la fiabilidad- es un valor que carece de precio, pero es lo más rentable del periodismo. Han engañado a un mentiroso y los colegas que se sienten ajenos al pecado, jalean la noticia. Cuidado con tirar la primera piedra...


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