Nacionalismos, escaleras de trepas
El leonesismo se ha convertido así para muchos en pértiga en la que apoyarse para dar saltos y hacer cabriolas con el mayor de los desprecios hacia las gentes de honesta voluntad
Es inherente a la condición humana el sentimiento de pertenencia a un grupo y a un territorio. Solo el tiempo, la edad, y la ampliación de la cultura, enseñan a relativizar las cosas y practicar la tolerancia. Con estas condiciones puede el ser humano llegar a trascender sus propias raíces y es fácil que consiga instalar sus sentimientos por encima de filias y fobias, sin que ese aparente desapego signifique tampoco la renuncia a los orígenes e incluso el compromiso en la defensa de lo que más identifica a la persona con el grupo.
Partiendo de estas premisas, es fácil comprender que el terreno siempre esté abonado para la irrupción de quienes pretenden utilizar tan nobles sentimientos en beneficio propio. Se sitúan aquí muchos de los políticos que dicen trabajar por su tierra, esa pequeña superficie que es preciso defender de forma permanente de los enemigos exteriores, que son todos menos uno mismo, adalid de las más puras esencias del territorio y de sus gentes. El nacionalismo se revela así como instrumento preciso y precioso para que unos cuantos avispados puedan vivir de la manipulación emocional que ejercen sobre los demás.
Excede de la pretensión de este comentario hacer un recuento exhaustivo de este fenómeno. Sirva como referencia únicamente un hecho cercano. Joaquín Otero, procurador leonesista en las Cortes de Castilla y León nos sorprende a la vuelta de vacaciones con una confesión: "¿Irme al PP? No cierro ninguna puerta de momento. Y aclara, no tiene sentido remar en contra si no vamos a tener autonomía". O sea, que ya tiene echas las maletas y que abandona el barco que le ha llevado a tan buen puerto en una más que jugosa travesía. Es evidente que todo el mundo tiene el derecho a cambiar de opinión y a rectificar si cree que se ha equivocado, pero en ese caso cabe exigir coherencia. Desde el momento en el que llega a tan profunda reflexión, ya no encarna los principios por los cuales los ciudadanos leoneses le votaron y, consecuentemente, ha de renunciar al acta de procurador.
Desde que un error de cálculo de Martín Villa propiciara la aparición del leonesismo, todos sus líderes y muchos advenedizos políticos se han servido del noble sentimiento leonés para hacer carrera política. Juan Morano fue el primer "líder" que cambió la chaqueta y terminó en las filas del PP. Le sucedió Rodríguez de Francisco, defenestrado por los suyos cuando confundió la acción política con un coto privado de caza. Alguna procuradora cambió votos e intenciones por un contrato en una caja de ahorros... El leonesismo se ha convertido así para muchos en pértiga en la que apoyarse para dar saltos y hacer cabriolas con el mayor de los desprecios hacia las gentes de honesta voluntad.
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