Cuaderno de bitácora

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Noviembre

Antonio J. Mencía - / /
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Poco a poco fui recorriendo el cementerio, sin prisa, buscando la tumba de mis abuelos. Tres de ellos estaban allí, bajo esa tierra, a dos no les había conocido, murieron jóvenes, solo el vago recuerdo que me dejaron mis padres y el que escondía la vieja casa del pueblo.

Pero allí debajo, en este día de difuntos, quedaban sus huesos, su cuerpo destruido, el polvo y la ceniza que iba a honrar junto a mi madre. Dimos una buena vuelta al camposanto, entre tumbas de gente desconocida y miles de flores. Cientos de personas nos rodeaban en una tradición que se reproduce año tras año el 1 y el 2 de noviembre.

Quizá porque cuando estaban vivos nos dejamos tantas cosas por decirles, quizá porque a medida que avanza el tiempo el recuerdo de nuestros antepasados se hace más cercano o quizá porque todavía necesitamos una asa donde agarrarnos para un mundo que gira sin sentido, muchas personas se dirigen a esa tierra a encontrar un momento de serenidad o de consuelo.

Más de un cuarenta por ciento de españoles, según una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas -CIS-, cree que hay vida después de la muerte, del adiós definitivo a este mundo esperan pasar a otro, quizá mejor y seguramente eterno. Hay un tercio, según la misma encuesta, que podría estar de acuerdo con esa eternidad, pero que necesitaría palparla para afirmar con rotundidad que nuestro paso por la tierra es una breve etapa en el tiempo y, por otra parte, más de un diez por ciento asegura que el día que nos vamos, nos vamos, nos quedamos en el polvo y las cenizas, y en recuerdos que se alejarán con el viento. Lo mismo sucede con el cielo, en el que creen un 41,1 por ciento, duda de él un 29,2 por ciento de españoles y rechaza su existencia un 27,4 por ciento. ¡Ya me gustaría conocer los datos de esta encuesta al borde de llegar al epílogo de nuestras vidas! En cuanto al infierno se invierten las cifras ya que la mayoría no cree (41%), mientras que presenta dudas el mismo porcentaje que respecto al cielo (29,6%) y cree en él «con toda seguridad» el 25,9 por ciento. Dos de cada tres -66,8%- admiten que encuentran «consuelo, fuerzas o seguridad» en la religión, frente a un 27,6 por ciento que no lo consigue. Preguntados en qué medida Dios es importante en sus vidas, los españoles lo cifran en un 5,88 sobre diez. En cualquier caso, un 41,7 por ciento asegurar creer «firmemente en Dios» y un tercio (31,2%) dice que «más bien» cree. Un 11,7 por ciento duda de su existencia y un 14,2 por ciento asegura no creer. Nacemos, vivimos, padecemos, sentimos, amamos, nos alegramos, morimos... ¿Y todo eso tiene algún sentido?

Nos puede salvar esa capacidad de querer. Somos algo más que un cuerpo
con arrugas y complejos cada vez que nos asomamos al espejo.

A medida que pasan los años, la reflexión sobre la muerte cada vez está más presente, se van los seres más cercanos, a algunos amigos les sorprende una enfermedad grave con la que luchan a pesar de su juventud, sabiendo que es cuestión de tiempo, y otros quizá, viviendo deprisa, han querido acortar el suyo. Siempre nos preguntamos si no podíamos haber hecho más por esa persona que nos dejó, llegamos demasiado tarde al arrepentimiento y nos lamentamos creyendo que ya no logramos más. No deja de ser un consuelo pensar en la eternidad, pero «ni ojo humano vió, ni oído oyó». Ni se puede revelar lo que es cuestión de fe. Ni es fácilmente explicable tampoco porque hay personas que se bajan de esta vida. La mayoría hombres y mujeres solitarios que dejaron un amor en el camino y no tuvieron otro amor a qué amarrarse. Nos hacemos viejos y no queremos, nos gustaría correr como cuando teníamos quince años, tener la misma fuerza en el cuerpo y en el alma. Y nos hundimos desolados en nuestro yo. Es en estos momentos cuando la muerte es el final del camino, es difícil entender entonces que es el inicio de otro, más largo y definitivo.

Nos puede salvar esa capacidad de querer. Somos algo más que un cuerpo con arrugas y complejos cada vez que nos asomamos al espejo. Ese querer por algo y por alguien.

Damos vueltas al sentido de nuestra vida y no lo encontramos, o no queremos encontrarle. Y lo tenemos cerca. Noviembre llega con las ánimas. Y ellas nos recuerdan lo efímero de nuestro tiempo.


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