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Nuevas epidemias corroen los medios de comunicación

Julián Ballestero - / /
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Así hemos comprobado en la última semana hasta qué profundidad puede caer la dignidad de la profesión cuando los cuervos del micrófono avistan carroña en forma de suceso.

El periodismo, como el teatro, lleva en crisis casi desde su nacimiento cuando se imprimió la primera hoja volandera, y siempre ha resucitado de sus cenizas, lo cual no asegura que sobreviva a los aprietos actuales. Los dinosaurios también superaron la crisis de las ladillas y la lengua azul, pero no pudieron con el último gran asteroide.

Para el periodista del siglo XXI las ladillas son esos voluntarios de la Red que informan sin control y sin mesura de cuanto acontece en el orbe. Su insistencia en narrar al minuto en un lenguaje horrible, con fotos lamentables y expresiones de taberna cuantos sucesos conmueven nuestros corazones, coloca al plumilla en la disyuntiva de ofrecer sangre sobre papel y en las ondas, o perecer engullido por la competencia digital. Así hemos comprobado en la última semana hasta qué profundidad puede caer la dignidad de la profesión cuando los cuervos del micrófono avistan carroña en forma de suceso. La familia y el entorno de Marta del Castillo han sido la víctima ideal, para cuyo descuartizamiento se han confabulado los medios del futuro: televisión y la red social Tuenti.

La lengua azul de los mentirosos lleva meses lanzando infundios camuflados de noticia; su maléfica influencia ha vuelto a horadar la credibilidad de los periodistas justamente desde que cantaron el Gordo de la Lotería y el Follonero se inventó una premiada con boleto arrugado. La ‘practicóloga' de Wayomin colaboró en la ceremonia de la confusión que tanto daña la pretensión de informar de los medios y la historia continúa.

Pero el asteroide asesino puede haber estallado con la crisis de la publicidad, que está llevando a la ruina a los grandes periódicos, coloca al borde del ataque de presupuesto a las cadenas de radio, destroza a la prensa gratuita y amenaza también a los diarios digitales con el retorno a los tiempos en que eran confeccionados por dos con un tambor.

Por ahora, aparte de pedir esas peligrosas ayudas del Gobierno (¡muy originales los dirigentes de los grandes diarios¡) que acabarían de coartar la libertad de expresión, la única iniciativa loable para salvar el periodismo ha sido la constitución de un banco de ADN de plumillas. Compartido con el tigre de Siberia y el tejón de patas negras, para ahorrar.


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