Nuevo curso y nuevas batallas
El sistema educativo español sigue postulando que se puede pensar bien sin leer, escribir y hablar bien, en uno de esos errores históricos que acabará pagando a medio plazo el conjunto de la sociedad.
En Castilla y León nos consolamos con el más insignificante brote verde poblacional. Echamos las campanas al vuelo en cuanto hacemos un recuento y nos salen quinientos escolares más que el curso pasado. Un ‘brutal' crecimiento de público en las aulas cifrado en un 1%. Poca cosa tras una década de llegada de inmigrantes y escaso bagaje comparado con el botín demográfico de otras regiones, pero claro, peor sería perder alumnos.
Las autoridades regionales de la educación castellana y leonesa se han propuesto sacar de la ignorancia a estos cincuenta mil escolares que hoy (jueves 10 de septiembre) regresan a clase. Los instrumentos para acabar con la incultura consisten en el refuerzo de la enseñanza de idiomas (de los otros, no del castellano) y el aumento de los aprobados (disfrazado como ‘reducción del fracaso escolar').
La ofensiva para conseguir que todos los chavales hablen al menos dos idiomas, y mejor si son tres, con la extensión de las clases en francés, alemán y portugués (lo del inglés va de suyo) sería una iniciativa de quitarse el sombrero si no fuera porque la mayoría de los escolares sufren profundas lagunas de conocimiento del español, en parte por el abandono del griego y el latín y en parte por la inquina generalizada entre los menores hacia la lectura de buenas piezas literarias.
El sistema educativo español sigue postulando que se puede pensar bien sin leer, escribir y hablar bien, en uno de esos errores históricos que acabará pagando a medio plazo el conjunto de la sociedad. Más idiomas, sí; pero, sobre todo, más y mejor castellano.
Y en cuanto al combate del fracaso escolar, se trata de una batalla ganada de antemano. Basta con pedir a los maestros que bajen el listón del aprobado para que el número de suspensos disminuya de forma espectacular. De hecho, los mismos estudiantes castigados a veranos de penitencia durante la educación básica luego llegan a la prueba de Selectividad y la superan en masa, con porcentajes que siempre rondan el 80% de cualificación.
La otra vía de recuperar a los jóvenes que abandonaban de forma prematura la senda de la enseñanza para cambiarla por la autopista del empleo también aparece despejada: basta con laminar el mercado de trabajo para conseguir que vuelvan al redil del estudio aquellos chicos y chicas de 16 a 18 años que antes encontraban con facilidad su primer empleo como alternativa a la FP. En ese objetivo, las autoridades educativas han encontrado un excelente aliado en la política económica del Gobierno de Rodríguez Zapatero. Por desgracia.
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