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Pacto y brindis al sol

Julián Ballestero - / /
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Con su gran pacto de Estado sobre la educación, el ministro incurre en el doble pecado de plantear un acuerdo para la galería y lanzar un reto inútil

La expresión ‘brindis al sol' ha mudado de significado con los años, de ese gesto para la galería (dedicatoria al público menos entendido de la plaza) a guiño inútil ante los medios de comunicación. Pero cuando un ministro, como es el caso que nos ocupa, propone un gran pacto de Estado sobre la educación, incurre en el doble pecado de plantear un acuerdo para la galería y lanzar un reto inútil, por más que lo plantee en el sagrado escenario de las aulas donde Unamuno sentó cátedra.

De esa forma banal lanzó el guante a la oposición Ángel Gabilondo el pasado martes en la Universidad de Salamanca, con motivo de la inauguración del curso y ante una nutrida representación de cargos políticos y académicos de Castilla y León. Un acto, por lo demás brillante y divertido, con el aliciente de un bello discurso rectoral y una amena lección sobre los sueños y sus consecuencias fisiológico/sexuales a cargo del catedrático Alejandro Valverde.

De ese necesario, oportuno y escurridizo gran pacto nacional por la educación sabemos al menos tres cosas: que siempre lo promueve quien controla el Gobierno y tiene la sartén por el mango de las mayorías, que nunca llega a ser firmado, y que, de alcanzarse, sería traicionado por el siguiente Ejecutivo a la vuelta de dos años, como mucho.

Así que seguimos condenados a la tiranía de los ministros del ramo, indefectiblemente inclinados a deconstruir primero y salpimentar después su propio guiso educativo, con el consiguiente deterioro de las mentes docentes y estudiantes.

En España no está la olla para cocinar otro pacto que el de la mutua no agresión entre Zapatero y Rajoy: yo no te hago oposición en firme y tú no me mientas los gúrteles. Así camina el país hacia el ocaso económico y el baile educativo, de forma que lo último impide evitar lo primero.
La única esperanza reside en Bolonia, si es que Europa no se cambia también de camisa universitaria cada cuatro años.


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