Cuaderno de bitácora

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El parabrisas más limpio del mundo

Antonio J. Mencía - / /
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Me cruzo con ellos dos veces al día. Ellos de pie, con sus dos botellas de plástico, una con agua limpia, la otra con agua y jabón. Yo, en el coche, esperando que el semáforo pase del rojo al verde y confiando no ocupar los primeros puestos de la fila para no repetir reiteradamente que no a que me laven el parabrisas delantero. Algunos días he tenido que decirles hasta lloviendo que no era necesario. Otros, en cambio, reluce como los chorros del oro.

Creo que tengo el parabrisas más limpio del mundo y todo por veinte o cincuenta céntimos al día, una moneda que me golpea la conciencia y me pregunta si no soy un cutre, aunque bien es cierto que si todos hicieran lo mismo en cada parada sacarían un buen jornal. Pero lo cierto es que apenas les hace caso un diez por ciento de los conductores que circulan por la avenida del Arlanzón. Les he preguntado sus nombres y de dónde proceden. Sería incapaz de reproducirlos y sé que son rumanos. Están habitualmente cuatro o cinco, según la hora, y a pesar de las dificultades no han perdido en ningún momento la sonrisa. Hacía tiempo que había olvidado encontrarme cara a cara con la necesidad. En Madrid, hace ya años, tenía en la misma esquina día tras día la misma vendedora de pañuelos. En otras ocasiones, arrodillados sobre el suelo me cruzaba con personas incapacitadas para trabajar.

Hacía tiempo que había olvidado encontrarme cara a cara con la necesidad

Luego llegó la bonanza económica, erradicamos a los pobres, y nos olvidamos de que en nuestro entorno también hay mucha gente que sufre, pero de verdad. Llegaron los inmigrantes y nos recordaron que nos habíamos convertido en unos pequeños sibaritas que a veces renunciábamos a un trabajo que nos iba a comportar perder horas de sueño y quizá alguna que otra hora de más bajo el sol. Engrosamos los españoles las listas del paro porque nos negábamos a trabajar en algunos empleos, y llegaron ellos que los ocuparon. Ahora, cuando pintan bastos les queda la calle, hasta que algún reglamento diga que no se pueden limpiar coches en medio de la calle o alguna asociación estime que están haciendo competencia desleal. Algún día, quizá no muy tarde, les echaré de menos.


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