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Porque no todo es tango. Cenizas en el aire

Carlos Hugo Soria Cáceres - / /
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Parafraseando al ex Tequila Airel Rot, uno se sorprende al ver lo que la Madre Naturaleza puede llegar a alterar los planes de todo un continente. Me refiero, como podréis imaginar, al volcán Puyehu, que estos días anda soltando cenizas a la atmósfera y ha paralizado algunos de los principales aeropuertos de Argentina y Chile. En Europa ya tuvimos una experiencia similar el año pasado, cuando un volcán de nombre Eyjafjallajökull (que llegó a tener su propio grupo de fans en facebook como “el gato que andando sobre el teclado del ordenador puso nombre al volcán islandés”) dejó en tierra a varios miles de personas en plenas vacaciones de Semana Santa en 2010.

Acá parece que la cosa no va para tanto y, francamente, espero que de aquí a mes y medio se solucione, más que nada porque no me apetece litigar con ninguna compañía aérea, con la Comisión Nacional de Trasporte, con Aerolíneas Argentinas o con el mismo volcán. Mira, no, que todo siga su curso normal. Tenía pensado no obstante escribir algunas líneas sobre la zona más afectada por el suceso, la Patagonia argentina, lugar por donde anduve hace ya un par de semanas y que se convirtió en mi segundo gran viaje después de la escapada a Uruguay que ya relaté por este canal.
 
La verdad es que la Patagonia es uno de esos destinos exóticos que a todos nos suenan, pero que difícilmente ubicamos bien en el mapa. Sea como fuere, más o menos todos hemos oído hablar del desierto, de los Andes o de Bariloche, la capital turística de esta extensa región natural argentina. La Patagonia en sí se trata de eso, una región no delimitada geográficamente por hitos o demarcaciones políticas. Más bien engloba un espacio con ciertas similitudes paisajísticas que se agrupan en este vasto territorio. Dentro de las provincias argentinas coincide con las más meridionales, como Neuquén, Chubut o Río Negro.
 
El viaje empezó en Buenos Aires, desde donde tomé el autobús que me llevó a Viedma, la capital administrativa de la provincia de Río Negro y punto de partida del Tren Patagónico. Viajar en este tren era una de mis mayores ilusiones y ni que decir tiene que cumplió sobradamente las expectativas generadas. El ferrocarril en Argentina sufrió un proceso de desmantelamiento total, de manera que de los 47.000 kilómetros de vías que operaban a finales de los 60 hoy apenas quedan 12.000. Además, se invierte más del doble de tiempo en cubrir algunos de los pocos trayectos que existen en la actualidad que lo que tardaban los entrañables abuelos argentinos en los años 50. Es para pensárselo.
 
Una verdadera pena, teniendo en cuenta lo grato que es viajar en tren y lo práctico que resulta para un país con las condiciones orográficas de la Argentina. Pero bueno, entre otras muchas razones, gran parte de la culpa de este "ferrocidio" recayó en las políticas liberales y privatizadoras de Carlos Menen en los 90, de tan infausto recuerdo para el pueblo argentino actual, tan enamorado del Kirchnerismo y de la Presidenta Cristina.
 
Pero a lo que iba, el Patagónico es una experiencia singular. Casi 900 kilómetros entre las ciudades de Viedma y Bariloche que tardan en completarse más de 18 horas, pero merece la pena degustar en cada segundo de viaje. A bordo de este tren puedes visualizar una película en su mítico "Vagón Cine", cenar como un marqués por pocos pesitos en su restaurante, dormir plácidamente sobre sábanas de los antiguos trenes de RENFE y despertarte con un paisaje espectacular de puro desierto con una temperatura bajo cero a finales de mayo.
 
Apenas a 100 kilómetros de su llegada (se pueden adivinar los kilómetros que restan mirando a través de la ventanilla los postes telefónicos que acompañan el trayecto paralelos a la vía) comienza un cambio radical de paisaje. Los Andes asoman cubiertos de nieve con la ciudad de San Carlos de Bariloche al fondo. La urbe en sí no tiene mayor atractivo, se trata de un centro de turismo invernal y de esquí que creció desordenadamente desde su fundación a comienzos del s. XX. Recuerda bastante a cualquier ciudad alpina o pirenaica, con sus tiendas de alquiler de esquís, sus chocolaterías y tiendas de recuerdos.
 
Lo verdaderamente interesante es realizar algunas de las múltiples excursiones ofertadas por los alrededores. El Parque Nacional Nahuel Huapi, el Cerro Tronador, San Martin de los Andes, Circuito Chico, la Cascada de los Alerces, el Lago Mascardi... son decenas los atractivos naturales de la región, con una escala de naturaleza, vegetación y paisajismo que difícilmente puede divisarse en la vieja Europa. Sencillamente, espectacular. También es muy gratificante ver caer copos de nieve en esta época del año, cosas del otoño austral.
 
El viaje continuó hacia el centro de Argentina, ya que mi última parada estaba marcada en la ciudad de Córdoba, segunda área metropolitana en importancia dentro del país y capital con un importante legado de arquitectura religiosa y colonial española. Sin ir más lejos debe su nombre a la similitud que guarda con la ciudad andaluza. Y doy fe de ello, muchas de sus calles te hacen viajar a la ciudad califal y los alrededores también están dibujados por campiñas verdes y alomadas. Eso sí, no tiene ni Mezquita, ni judería ni Medina Azahara. Curiosa costumbre esta de bautizar a ciudades de América con nombres hispanos. Aquí en Argentina también podemos visitar La Rioja, en Méjico Mérida, en Chile Osorno y en Colombia Santander, entre otras muchas.
 
En fin, este segundo viaje terminaba camino de Buenos Aires, tomando otro de los pocos trenes que circulan por aquí, el Ferrocentral. En aquel viejo vagón portugués no podía parar de preguntarme qué llevó a un país con una envidiable red ferroviaria a semejante atropello. Cómo podía ser posible que entre las dos ciudades más importantes de Argentina, que juntas suman más de 13 millones de habitantes, sólo circularan dos trenes por semanaCómo en 1971 este trayecto tardara en recorrerse ocho horas y en 2011 diecinueve. Por qué la empresa declinara cualquier responsabilidad por retrasos atribuyéndolo al mal estado de las vías. En definitiva, cómo es posible que el viaje en tren en este inmenso país nos haya quedado para unos pocos nostálgicos cargados de paciencia. Al menos queda el consuelo que ningún volcán nos arruinará el viaje con sus esputos.

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