Porque no todo es tango. Flora y fauna porteña.
En una ciudad como Buenos Aires, con tantos millones de personas confinadas dentro de su área metropolitana y, por consiguiente, una gran cantidad de vehículos en movimiento por las calles, a menudo apetece tomarse un respiro. Los parques y jardines no son muy abundantes pero los que hay tienen un tamaño considerable e incluso algunos pueden calificarse como lindos.
Es el caso de los bosques del barrio de Palermo, uno de los sectores más refinados de la ciudad, con una importante actividad comercial, hostelera y negocios de vanguardia. El barrio de Palermo se divide básicamente en tres sectores con denominaciones un tanto prosaicas: Palermo Soho, Palermo Hollywood y Palermo Viejo. Entre sus calles se entremezclan artesanos del cuero, diseñadores a la última, bares con ambiente lounge y exquisitas tiendas de las más cotizadas marcas de ropa internacionales. Un crisol de colores, gentes y locales al abrigo de los parques y rincones verdes que abundan por esta zona.
Fuera de Palermo también podemos encontrar otros espacios de esparcimiento como Puerto Madero, la reserva natural de Costanera Sur, el parque Chacabuco o, si se quiere descanso y silencio total, los cementerios de Chacarita, Flores y Recoleta. Éste último merece sí o sí una visita ya que se trata de uno de los principales atractivos monumentales del centro de Buenos Aires, por mucho que darse un garbeo por un Camposanto pueda resultar algo tétrico y macabro.
La ciudad en sí podría ser clasificada como una jungla, más que nada por el tráfico ensordecedor y el ritmo de vida algo acelerado que llevan los porteños. Similar a otras grandes aglomeraciones urbanas del mundo. Y como en toda jungla también hay una variada fauna, dicho sea esto con todo el cariño.
A diferencia de otros lugares, Buenos Aires todavía conserva caracteres de autenticidad que quizá en las grandes capitales europeas ya se han perdido. No es extraño ver a un humilde afilador de cuchillos, con su filarmónica en mano, entonando alguna melodía mientras pedalea plácidamente entre colectivos, coches y camiones. También abundan los vendedores ambulantes de los más variopintos productos. Habitan sobre todo en el metro, a ciertas horas y en determinadas líneas. Se les ve llegar con grandes bolsas negras de dónde sacan tijeras, libretas, DVD´s, calcetines, posavasos, juegos de playa (aunque sea invierno aquí), bolígrafos, linternas, dulces, guantes...
Lo más enriquecedor de esto es escuchar cómo lo publicitan y vociferan con marcado acento lunfardo, como si de un disco de tango se tratara. Un día y otro. La misma entonación, cambiando sólo algunas palabras en función del producto que vendan, para terminar siempre con la misma frase.... ¡a solo 10 pesos nada más! Da igual lo que sea, todo vale 10 pesos.
Los rasgos más marcados y las costumbres más arraigadas de esta fauna singular se aprecian fuera de los circuitos turísticos. En ellos se pueden catar las verdaderas características sociales de la ciudad. Cada barrio tiene su propia personalidad, su propia cultura, su propio modo de vida y de ver el día a día. La Boca es la Boca, Nuñez es Nuñez, y no sólo difieren por el porcentaje de hinchas de Boca Juniors o River Plate que haya por metro cuadrado.
Entre medias quedan las Villas, San Telmo, Boedo, Caballito, Abasto, Constitución...a varias cuadras entre sí pero a la vez bien accesibles en las cerca de 350 líneas de autobuses que surcan Capital Federal y su área metropolitana. Merece la pena montarse en la cabecera de alguna de ellas, decirle al chófer que ponga 1.25 pesos de boleto (el precio máximo) y recorrerla entera. De Norte a Sur, de Este a Oeste o a la redonda. Dejarse llevar un poco, sin miedo....total, funcionan las 24 horas y las frecuencias son muy buenas. Puede llevarte tiempo recorrer el trayecto, sí, pero es una manera bastante más económica y auténtica de ver la ciudad que el típico autobús turístico descapotable de dos pisos con audioguía.
Algunas de estas líneas son míticas y el servicio es prestado por vehículos coloridos y con una decoración sesentera al más puro estilo vanguardista. Por ejemplo, la línea 152 nace en la pujanza norteña de Olivos y atraviesa las principales avenidas de Buenos Aires hasta llegar a la Boca, sacrosanto del carácter porteño y bonaerense. También merece la pena la 98 (Plaza Miserere - Quilmes) en la que se puede divisar desde la imponente fábrica de cervezas hasta la hilera de canchas futboleras bautizadas con nombres de ferroviarios ingleses al Sur de la capital.
Antes de tomar alguno de estos recorridos conviene no obstante empollar un poquito su funcionamiento. Si logras controlar el trayecto de unas cuantas líneas (pongamos por ejemplo, unas veinte) puedes darte por satisfecho. Serás un auténtico Licenciado en Transporte Público. Los apuntes de esta singular carrera puedes estudiarlos en la Guia-T, un pequeño librito de bolsillo donde vienen desglosados un mapa de la ciudad, un plano de subte, un ceñido resumen de los trayectos que realizan los colectivos, los nombres de todas las calles, hospitales y comisarías cercanas etc.
La Guia-T puedes conseguirla, como no, a través de la venta ambulante. Y adivinad lo que vale. Efectivamente ¡10 pesos nada más!
