Porque no todo es tango. Mateando.
Hoy se cumple mi segunda semana en Buenos Aires y, a pesar de que esta ciudad tiene mucho que ofrecer, a lo largo de estos meses también viajaré por algunos lugares de Argentina y alrededores. Este fin de semana estuve en Uruguay. Concretamente en Montevideo, la capital, y en Colonia de Sacramento, un pequeño pueblo cuyo casco histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Este enclave básicamente se nutre de turistas procedentes de Buenos Aires, ya que ambos puntos apenas distan apenas 40 kilómetros en línea recta surcando el Río de la Plata. Los charrúas, como se conoce coloquialmente a los uruguayos, tienen una costumbre muy marcada que si bien también se da en Argentina ellos lo llevan a la máxima expresión; me estoy refiriendo a práctica de tomar mate.
El mate es un recipiente normalmente ovalado hecho de diversos materiales (calabaza seca, vidrio, madera etc.) en cuyo interior se introduce la yerba mate y posteriormente, como si de un ritual se tratara, se añade agua caliente sin llegar a hervir. La mezcla entre el agua y la yerba (que ofrece decenas de variedades y sabores) produce un brebaje de extraño sabor al principio pero sumamente excitante. Mas si en Argentina es normal tomarlo en la sobremesa o en una plática con los amigos, en Uruguay su consumo es elevadísimo, de manera que no es extraño observar por la calle gente con su mate y su termo para conservar el agua caliente, que vierten con suma delicadeza en breves chorros de cuatro en cuatro.
A pesar de que el mate es muy excitante, algo así como un Red Bull pero en natural, Uruguay y Montevideo en particular ofrecen una apacible estancia al visitante que, arribando desde Buenos Aires, se encontrará con una bella capital con un ritmo de vida mucho menos acelerado que en la gran capital platense. Digamos que Buenos Aires es como un motor revolucionado, con sus ruidos, sus acelerones y su falta de control, mientras que Montevideo ofrece mucha más tranquilidad, la gente vive a otro ritmo, los edificios son más amables, las casas de arquitectura indiana se asemejan a las que encontramos en Asturias o Cantabria y el sol asoma prácticamente por cada rincón.
Quizá buena culpa de ello lo tenga el hecho de que la ciudad mire hacia el mar. Al contrario que Buenos Aires, la capital uruguaya está orientada hacia el Río de la Plata y alberga varias playas con su correspondientes paseos marítimos, donde los montevideanos practican deporte, pasean o, como no, toman su mate. Ciertamente la ciudad me ofreció un grato recuerdo y de alguna manera me recordó a Cádiz, con sus largas playas, su Ciudad Vieja y su profundo aroma marinero.
Curiosamente el pasado domingo se disputó el "clásico" del fútbol uruguayo entre el Peñarol (los carboneros) y el Nacional (los tricolores). No pude asistir al evento como hubiese sido mi deseo pero sí pude apreciar el profundo arraigo de este pequeño país para con el fútbol. No deja de ser curioso que Uruguay, una nación que vive constreñida entre dos gigantes como son Brasil y Argentina, haya dado tantos y tan buenos peloteros. Enzo Francescoli o más recientemente Diego Forlán son algunos ejemplos de jugadores reconocidos internacionalmente. Además, Uruguay posee dos Mundiales (conseguidos en 1930 y 1950) y no podemos olvidar que en la última Copa del Mundo celebrada en 2010 en Sudáfrica estuvo a punto de disputarnos la final. Todo ello dentro de un país que no supera los tres millones de habitantes y cuya Liga de fútbol profesional está compuesta de veinte equipos con la sede radicada en Montevideo. Centralismo de tomo y lomo.
Mi visita a tierras uruguayas finalizó en Colonia de Sacramento como anteriormente comentaba. Este pueblecito fue una disputa continua entre las Coronas española y portuguesa allá por el siglo XVII, de ahí que tanto en su arquitectura como en su urbanismo pueda apreciarse la huella dejada por los pueblos ibéricos. ¡Hasta posee una plaza de toros!, de las pocas que hay en el Cono Sur. También destaca su impresionante colección de coches antiguos al aire libre, todavía utilizados por sus propietarios que los lucen orgullosos en sus empedradas callejuelas. Desde este punto se toman (que no cogen, cuyo significado aquí puede dar lugar a una pretenciosa confusión) los barcos de regreso a Buenos Aires.
En el puerto se entremezclan turistas argentinos de fin de semana, uruguayos que se desplazan a Buenos Aires a trabajar, algunos brasileños y un puñado de europeos que, en esta ocasión, debemos hacer una fila distinta en la aduana por el hecho de no pertenecer a esa organización supranacional llamada "Mercosur". Como extranjeros que somos tenemos que rendir cuentas de lo que traemos y llevamos en la mochila y/o maleta.
Me sentí desplazado, pero supongo que será la falta de costumbre de este urbanita acostumbrado a los beneficios de Schengen cuando pulula por el viejo continente .Y es aquí, en las largas colas que se forman a punto de embarcar en la nave que me traería de vuelta a Buenos Aires, donde se puede apreciar con mayor nitidez la pequeña diferencia de acentos y vocablos que hay entre un lado y otro del Río de la Plata. Realmente es muy difícil diferenciar la manera de hablar de los argentinos y los uruguayos. Apenas unas pocas palabras de diferencia en su vocabulario y un acento ligeramente más nítido y pausado en Uruguay. A oídos de un español nos sonará igual, pero ellos se sentirán ligeramente ofendidos si no notas esa diferencia entre charrúa y porteño. Aunque, si digo la verdad, aún ando buscándola.
