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Porque no todo es tango. El peso que no pesa.

Carlos Hugo Soria Cáceres - / /
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No soy un entendido en economía, ni quiero la verdad. Me resbalan bastante los números desde la EGB y cada vez que oigo hablar de divisas rescates, inflación o diferenciales con el bono alemán se me eriza la piel y me pierdo. Digamos que lo mío es el territorio, la comunicación, los trenes, la Geografía, el paisaje…. sea como fuere, la economía forma parte de nuestras vidas. Estamos en un sistema capitalista y como tal hay que acatarlo. Un mal necesario, como la política.

La moneda oficial de Argentina es el peso. Un euro equivale aproximadamente a 5.6 pesos (y subiendo) en la actualidad. Por ello resulta especialmente beneficioso venir a este país. Un motivo más si es que no hubiera ya suficientes. Por lo general las cosas son baratas. Normal, si tenemos en cuenta la cantidad y calidad de sus materias primas ya sean comestibles o no. La carne es exquisita y a muy buen precio, el litro de diesel apenas llega a 0.6 euros, las sabrosas empanadas de cualquier local de comidas apenas llegan a los 0.7 euros...en definitiva, un chollo.

Antes de dejarme caer por aquí recuerdo haber visto en el Telediario de TVE uno de esos reportajes un tanto ridículos que en principio pueden estar pensados para rellenar espacio en un día de pocas noticias, y de paso, justificar el sueldo del corresponsal. Sin embargo, viniendo de los servicios informativos de TVE y protagonizado por uno de sus más afamados y respetados corresponsales, el berciano José Carlos Gallardo en Buenos Aires, a uno no le cuadraba que aquello fuera una de tantas noticias insulsas. Mientras Gallardo, alcachofa en mano, caminaba por la Pza. de Mayo mirando a cámara, explicaba los tremendo problemas que tiene Argentina con la falta de monedas y, por ende, falta de cambio. Me produjo risa. Pensé que semejante boludez no tendría ni tan siquiera que haber tenido su espacio en un suelto del "20 Minutos". Pero a la vez me quedé con la copla y anduve expectante para comprobarlo nada más poner los pies en Ezeiza. Y sí, efectivamente, Gallardo y los redactores tenían razón. Argentina tiene un enorme problema con el cambio de monedas.
 
El peso tuvo una época dorada, aquella que marcó el destino liberal y le puso en paridad con el dólar allá por los 90. Entonces al país le salía muy a cuenta importar productos del exterior, pero a la vez le era muy complicado colocar sus manufacturas y materias primas. La industria local se hundió, la economía se derrumbó y en 2001 llegó el salvaje corralito, que impedía sacar a la gente de a pie sacar el dinero de los bancos y que, por arte de magia, destrozó los ahorros de gran parte de la clase media argentina.
 
Herencia de aquellos tiempos son una variada tipología de billetes: de dos, cinco, diez, cincuenta y cien pesos (hasta donde he visto), que a día de hoy pasan de mano en mano impregnados de suciedad, direcciones de correo electrónico, teléfonos particulares, proposiciones indecentes y poemas de amor. Hasta yo me he permitido el lujo de inscribir en uno de ellos (de dos pesos, que no está la cosa para derrochar) la palabra Campaspero, mi entrañable pueblo cantero y castellano. Uno puede tener en la cartera decenas de billetes y apenas juntar 10 euros en su bolsillo, que, dicho sea de paso, te sobrarán para un buen bife con papas y una Quilmes.
 
Ahora bien, si tu intención es subir al subte o el colectivo (metro y autobús urbano), piénsatelo. De nada valen los billetes. Sólo se aceptan monedas, sobre todo los colectivos. El precio es irrisorio, ridículo, 1.2 pesos (20 céntimos de euro), pero ya puedes tener a bien de pagar con monedas. Y como decía el corresponsal, las monedas escasean, y son un verdadero problema. Para paliar esta disyuntiva se han habilitado oficinas que abastecen de monedas en las principales estaciones de tren o intercambiadores de colectivos. La gente hace colas eternas para conseguir cambio y éste está implícitamente racionalizado. Excepto estas oficinas nadie tiene cambio y nadie suelta una moneda por las buenas, aunque su valor sea insignificante. Parece ser que cuesta más dinero fabricarlas que su valor real, curiosa paradoja. Por eso, en estos casos, quien tiene un peso tiene un tesoro. Como un amigo. Y también, como tal, hay que cuidarlo.
 

 

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El peso que no pesa

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