Primeros excluidos
Los votantes han reorientado la brújula y les han dicho a los políticos que la defensa de la tierra no pasa por convertirla en huerto propio.
Los resultados de las elecciones en las comunidades autónomas españolas de Galicia y Euskadi obligadamente han de mover a la reflexión a quienes hacen del radicalismo su seña de identidad. En nuestro artículo de la pasada semana -"Idiomas excluyentes para futuros excluidos"- comentábamos que los nacionalismos radicales propiciarán un reducto de excluidos propios, porque la limitación cultural que se propicia anquilosa el crecimiento. Naturalmente no sospechábamos entonces -ni era esta la intención de la frase- que los primeros excluidos serían quienes han venido abonando el terreno de la exclusión. Las últimas elecciones han venido a demostrar que son más quienes piensan que el radicalismo social no presupone progreso, sino todo lo contrario.
En Galicia han sido apeados del gobierno el PSOE y el Bloque Gallego. Ambos partidos han perdido un diputado cada uno. Por el contrario el PP ha conseguido recuperar la mayoría absoluta que había perdido hace cuatro años. Con el riesgo evidente de equivocarnos, uno tiene la impresión de que el cambio no tiene su raíz en la crisis económica y tampoco en la utilización partidaria de las decisiones adoptadas por el controvertido juez Garzón o, en el otro lado, por el afán cinegético del ministro furtivo. Lo que los gallegos han censurado es la política desarrollada en los últimos años, en los cuales el presidente socialista Touriño se ha dejado llevar en exceso por las excentricidades del radicalismo galleguista que representa Quintana. Los votantes han reorientado la brújula y les han dicho a los políticos que la defensa de la tierra no pasa por convertirla en huerto propio.
En el País Vasco también la mayoría ha dicho que ya está bien de nacionalismos excluyentes y han puesto al PNV de patitas en la calle, fuera del Gobierno. Podrá decirse que el partido más votado es el que más legitimidad tiene para formar gobierno. Un razonamiento lógico pero que no entra en contradicción con el más que probable pacto entre el PSOE y el PP, porque aquí lo que se dilucida es si en el País Vasco se continúa con una política de cerrazón, "erreachista" y xenófoba, o bien con una política que defienda a Euskadi, incuestionable, sin abominar de España.
PSOE y PP están de acuerdo en desalojar al PNV del gobierno con el fin de higienizar la vida política del País Vasco. Lo que todavía no está claro es cómo. El candidato del PSOE, Pachi López, será el futuro presidente, pero -esta es la duda que persiste- lo puede ser de un gobierno en minoría, apoyado por el PP para su investidura únicamente, o bien con un gobierno de coalición. La primera opción, sustentada sobre la base de no forzar la Constitución con la reforma del Estatuto y con una línea diáfana de no negociar con los terroristas, ofrece muchos problemas posteriores. El PSOE tendría problemas para gobernar en Vitoria y en Madrid.
La otra opción es un gobierno de coalición, fórmula que desea el PP, pero que necesariamente debería de obligar también a pactos puntuales en Madrid.
Ambas fórmulas son posibles en este momento. En lo que no existen dudas es en el objetivo compartido de propiciar un cambio de timón.
En juego está la credibilidad de ambos partidos mayoritarios, no sólo en el País Vasco sino también en el resto de España. Los españoles tienen fijada su atención en Rajoy y en Zapatero y lo que hagan en el País Vasco será determinante de su futuro. La falta de generosidad, la sospecha de que alguno de los dos pretenda sacar provecho político más allá de los intereses nacionales, supondrá una factura imposible de pagar y preludio de la quiebra personal de ambos.
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