La roja ... y gualda , de todos
El triunfo de la selección española de fútbol en la Eurocopa se ha convertido en el punto de partida para superar una situación anómala y absurda, la utilización partidaria de la bandera nacional, la enseña que es de todos pero que por la desvergüenza de unos en su apropiación y por la falta de valentía de otros a la hora de reivindicar su simbolismo plural, nos ha llevado a contemplar nuestra enseña con reticencia y complejos.
Esta situación no se entiende en otros países del mundo. No se entiende, por ejemplo, en Estados Unidos. Uno ha sentido siempre sana envidia cuando en los momentos de gloria deportiva o en las tragedias, como ocurrió tras el atentado del 11 S, todos los americanos, con independencia de credos religiosos, afiliación política y color racial, expresaban su alegría o refugiaban su dolor en los colores de un paño cuyo símbolo era también el de la solidaridad y la emoción compartida.
Me cuentan que no hace muchos años, al final de un máster en el que participaban alumnos de varios países, todos se colocaron en la foto de familia con la banderas que la propia organización docente había preparado. Los estudiantes sostenían ante la cámara la bandera que a cada grupo le identificaba con su país. El único problema lo planteó España. Ninguno de los “pasterizados” españoles allí presentes querían sostener la bandera, seguramente para evitar que este gesto pudiera ser confundido con adscripciones políticas a las que se sentían ajenos. Ninguno de los estudiantes, ya entrados en años, quería que se le identificara con la extrema derecha.
Por eso ha sido una alegría para todos el que la selección española con su triunfo haya provocado que los mayores se hayan quitado el complejo de encima al salir a la calle con la bandera de España y ha evidenciado también que viene detrás una generación que afortunadamente allanará el camino en la normalización de lo que en cualquier otro lugar del mundo es normal.
Es verdad que algunos de los que portaban la bandera lo hacían con una en la que el escudo nacional había sido sustituido por un toro que en el mundo representa una película de Bardem y Penélope Cruz, pero que aquí es la marca comercial de una bebida alcohólica.
También en este caso, por algo se empieza. Lo importante son los puntos de inflexión.
A partir de ahora, la normalización exige que el PSOE pierda su complejo y que utilice la bandera española en sus actos, al lado de la suya propia, la del puño y a la rosa. Porque el problema no es sólo de algunas gentes del PP, que llevan con orgullo y como algo propio la enseña nacional, sino de quienes por razones superadas históricamente, no han sabido incorporar a sus símbolos el que constitucionalmente nos es común a todos. Unos han pecado por apropiación indebida, los otros por omisión vergonzante. Tal vez a partir de ahora, ojalá, las cosas cambien.
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