Sabero, el museo que recuerda un fracaso
La política energética ha sido tradicionalmente errática en Europa y, consecuentemente, lo ha sido en España en los últimos veinte años. Aquí la dependencia del petróleo, como le ocurre a la mayoría de los países de la Unión Europea, es tan grande que no solamente amenaza los diferentes planes de desarrollo, sino que incluso pone en peligro la soberanía nacional.
Porque un país sin suficiencia energética no es un país libre en el concierto internacional, por más que sus ciudadanos puedan gozar de la libertad personal de las democracias más avanzadas.
La situación económica ahora es grave. La Unión Europea ha fijado el famoso plan de los tres 20 que pretende alcanzar un mayor grado de autosuficiencia energética, fundamentalmente mediante la potenciación de las denominas energías alternativas o limpias. España está ofreciendo una buena respuesta y los planes de desarrollo de las energías eólica y fotovoltáica o solar están desbordando las estimaciones más optimistas.
Porque un país sin suficiencia energética no es un país libre en el concierto internacional.
El grave problema está en que es ahora cuando se buscan alternativas, cuando en buena praxis política el gobierno español y los gobiernos europeos tendrían que haber puesto en marcha estos mecanismos de desarrollo propio, de auténtica defensa, antes de que situaciones como la actual en el mercado del crudo cayeran como losas sobre nuestras débiles economías industriales.
En el año 1990 España afrontó un plan de cierre de las explotaciones mineras del carbón, como previamente lo habían hecho Inglaterra y Francia. Alemania se resistió y afortunadamente para España su defensa numantina del carbón como fuente de energía autóctona ha permitido a España mantener algunas explotaciones abiertas. Francia tenía cubiertas sus necesidades energéticas con la producción nuclear. No era el caso de España, donde la fuerte oposición social a este tipo de energía ha impedido a los gobiernos un desarrollo similar.
El caso es que hoy las minas están cerradas y las centrales que queman carbón continúan abiertas. El alto precio de este mineral en los mercados internacionales ha agravado el problema, a la vez que los objetivos de reducción de la contaminación por CO2 tampoco se han visto satisfechos.
En definitiva, que cerramos nuestras minas sin un plan de gestión alternativa de nuevos recursos y ahora España se enfrenta a una crisis económica grave auspiciada en gran medida por las incesantes subidas de los precios del petróleo.
Vienen estas reflexiones a cuento de la inauguración en un pequeño pueblo de la provincia de León de un museo que aprovecha una mina clausurada. El Museo Minero de Sabero está situado a unos sesenta kilómetros al norte de León y ofrece desde hace unos días la posibilidad de conocer cómo era la minería en una zona en otro momento próspera y hoy prácticamente deshabitada. La inversión de nueve millones de euros, con fondos del gobierno regional y de los Fondos Europeos Minera, a los que habrá que añadir en el futuro nuevas partidas presupuestarias, no es la panacea, no es la solución al grave problema de la zona, pero al menos cabe la esperanza de un cierto revulsivo económico aprovechando el crecimiento del turismo interior, frente al turismo de sol y playa hasta ahora hegemónico en España. El museo de Sabero representa, por lo tanto, una esperanza para el futuro frente a quienes sostienen que se trata de un monumento al fracaso, el de la política energética de España.
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