Tecnología con punta roma
Nos hemos acostumbrado tanto a las alertas naranjas que les hacemos el mínimo caso y pronto nos pasará como al pastor que jugaba con la llegada del lobo
Hay que ver cómo avanza la tecnología. Y qué mal aprovechada está. Sin ir más lejos, la ciencia meteorológica constituye un paradigma de esa modernidad sin provecho.
En Salamanca hemos vivido el último incidente que demuestra la escasa utilidad del colectivo meteorológico. En la noche del miércoles al jueves, entre las tres y las cinco de la mañana, se desató uno de esos vendavales que meten miedo, un pequeño huracán que destrozó árboles, derribó voladizos, mandó a paseo papeleras y dejó a más de un ama de casa sin sábanas en los tendederos. Y todo con el completo desconocimiento de la ciudadanía, a la que Protección Civil no había avisado del peligro de esos fortísimos vientos racheados.
En otras muchas ocasiones a lo largo del año han lanzado la alarma huracanada con el resultado de una ligera brisa. En otros muuchos casos se ha alertado de lluvias torreciales sin que luego las nuebes hicieran el menor caso de las previsiones. De cada cuatro veces que Castilla y León ha estado en situación de alerta naranja, en dos no ha pasado nada, otra la cosa no ha sido para tanto y solo una de cada cuatro aciertan. Así que los paisanos nos hemos acostumbrado tanto a los avisos que les hacemos el mínimo caso y pronto nos pasará como al pastor que jugaba con la llegada del lobo.
En Salamanca sólo dos de las cuatro nevadas del pasado invierno contaron con preaviso. Y las lluvias torrenciales han aparecido casi siempre por sorpresa. Eso sí, la alta tecnología constructiva no impide que una buena parte del centro de la ciudad se inunde en cuanto caen cuatro litros un poco seguidos. El salmantino Paseo de la Estación se ha convertido en banco de pruebas para fotógrafos aficionados que acuden premiosos a captar imágenes acuáticas al primer chaparrón. En esos días de riada, los salmantinos viajan a la flamante estación de tren Vialia en barca más que en coche. Y ya en la estación, en medio de modernos andenes, escoltados por multitiendas, bares, restaurantes, boleras y cines, suben a los viejos convoyes de los tiempos de Franco, que tardan nada menos que tres horas en llegar a Madrid, a una fastuosa media de 70 kilómetros por hora, en pleno siglo XXI.
En los últimos meses Renfe ha renovado la flota y ha dispuesto nuevos TRDs de altas prestaciones, que tardan todavía un poco más que los viejos (increíble pero oficial). Eso sí, te avisan del retraso en paneles electrónicos de última generación. ¡Toma ya tecnología!
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