A título póstumo
Puestos a reconocer méritos entre los mejores, háganse en vida del ensalzado y no se espere a su fallecimiento para ir con loas que dudosamente pueden llegar a sus oídos y a su corazón
Reconocer públicamente los méritos de las personas excepcionales es un ejercicio loable, por cuanto tiene en su intención crear iconos sociales dignos de imitar, y por la satisfacción que sin duda ha de producir a quien recibe el galardón de los suyos. Una parte de estos objetivos se quiebran cuando el homenajeado ha dejado de existir, porque no parece que en su tumba pueda haber regocijo en el cuerpo yacente. O sea, que puestos a reconocer méritos entre los mejores, háganse en vida del ensalzado y no se espere a su fallecimiento para ir con loas que dudosamente pueden llegar a sus oídos y a su corazón.El pasado día 27 de julio la Diputación Provincial concedió la máxima distinción de la provincia, la Medalla de Oro de León, al escritor Antonio Pereira. Méritos ya había acumulado suficientes para recibir este galardón. Y también años, 86, como para que alguien pensara que había llegado el momento de entregarle la máxima distinción de la provincia a este berciano universal.
Sabiendo de la retranca del homenajeado, todos quienes le conocimos disfrutaríamos con la interpretación que desde la tumba seguramente está haciendo ahora el laureado. Recuerdo ahora aquella ocasión, allá por el mes de noviembre del año pasado, cuando fue homenajeado en el marco del Tercer Congreso de Literatura Leonesa. Una cohorte de escritores y de políticos, algunos íntimos, otros menos, pero todos amigos, pugnaban por destacar los méritos literarios y personales que adornaban al escritor berciano. Cuando le llega el turno, tal vez para desembarazarse del rubor que tanto halago le provocaba, Pereira dijo con la parsimonia que le caracterizaba: "Todo esto está muy bien, pero ¿vais a comprar más libros míos o no?". Y a continuación lanzó un reto a la concejala de Cultura, allí presente: "¿Y esta chica tan mona hará que el Ayuntamiento me eleve una estatua, más bien alta?".
Fue Antonio Pereira hombre de vocación temprana y de publicación tardía. A los trece años enviaba gacetillas al periódico local, el Diario de León, y no fue hasta cumplidos los cuarenta, allá por el 1963, cuando apareció su primer libro. Esta circunstancia propició que el escritor se considerara una especie de desclasado, porque no pertenecía a generación literaria alguna. Para los que llegaban era mayor, para los mayores, no tenía curriculum. Le quedaba un consuelo: ""Pero muchos de aquellos compañeros que me adelantaron publicando libros hoy están retirados o parlotean y bostezan en el Café Gijón sin dar un palo al agua".
La historia literaria de Antonio Pereira no está exenta, sin embargo, de reconocimientos.. Considerado uno de los mejores escritores españoles de relatos cortos, está en posesión de premios como el Leopoldo Alas o el Pastenrath de la Academia de la Lengua y el Premio de las Letras de Castilla y León.
Pero si como escritor ha alcanzado cumbres notables, como conversador exhibía unas dotes prodigiosas. La construcción perfecta de la frase al hablar, dotada de una cadencia en el tono y de la más fina ironía, le ha colocado en la cúspide de la oratoria, o si se prefiere, de la oralidad. Hablaba como escribía porque sencillamente escribía como hablaba. Fue reconocido en vida por cuantos le conocimos y ahora a su nombre se suma una distinción que no le añade nada a lo que por sí había conseguido, pero sí honra a la provincia que, aunque tarde, sabe reconocer a sus más preclaros hijos.
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