Todos y todas
Hoy, a punto de conseguir la igualdad plena, es la hora de cuidar la lengua. Cuidarla de hachazos machistas y de imágenes degradantes. Pero cuidarla también de exigencias ridículas.
Hoy las niñas no quieren casarse con príncipes para ser felices y comer perdices, ni se quedan en casa ayudando en las "tareas del hogar" mientras los hombres trabajan para traerle sustento de la familia, como decían los antiguos cuentos. Hoy las niñas sueñan con ser empresarias, escritoras o jueces, juegan al fútbol en el patio del colegio y suelen dar sopas con honda a sus compañeros en lo que a notas se refiere. Las mujeres han dado pasos de gigante aunque queda camino por recorrer, y llega ahora el turno al lenguaje, cuestión principalísima siempre que no se roce el ridículo. Que a veces se roza.
Vascos y vascas, diputados y diputadas, miembros y miembras. Esto último no, a pesar de que la pronunciadora es ministra. Ministra de Igualdad. No exageremos hasta perder la razón, no insistamos tanto en las formas cuando es tan importante el fondo.
El fondo. "Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre", dijo la reina Fátima a su hijo Boabdil. Frase histórica que debe pasar definitivamente a la historia, nunca más se puede presentar a la mujer como ser débil, manipulable, cobarde. Preguntémonos también por qué es peyorativo zorra y no zorro, verdulera y no verdulero; por qué los atributos sexuales femeninos tienen significado negativo y los masculinos en cambio son símbolo de coraje, fuerza, vigor. Es ahí donde se debe dar la batalla. Y la ganaremos. Todos, hombres y mujeres, todos y todas. Torres más altas han caído.
Algunas de las más insignes escritoras fueron acusadas de lesbianismo solo y exclusivamente por haber conseguido hacerse un nombre en la literatura. Charlotte Brönte estaba obligada a realizar sus trabajos caseros antes de ponerse a escribir nuevas páginas de su hoy famosísima novela Jane Eyre. Jane Austen confesaba que escondía sus cuadernos cuando escuchaba alguna voz que se acercaba a su cuarto, le daba vergüenza que la vieran escribir, su reputación podía ponerse en cuestión. Fanny Burney quemó los originales de sus libros y se puso a hacer punto como castigo por haber perdido el tiempo escribiendo. Las obras de Martínez Sierra las escribía su mujer María Lajarraga, y las primeras novelas de Colette aparecieron firmadas por su marido, que también las cobraba. Esas mujeres abrieron un camino, demostraron que la literatura no era asunto exclusivo de hombres y aportaron una nueva sensibilidad a la hora de describir los sentimientos. Con su lenguaje. Jamás se plantearon si su lenguaje era sexista, sus preocupaciones eran más profundas, querían tener papel propio en un mundo de hombres.
Lo tienen ahora. Hoy, a punto de conseguir la igualdad plena, es la hora de cuidar la lengua. Cuidarla de hachazos machistas y de imágenes degradantes. Pero cuidarla también de exigencias ridículas.
Aunque no sea más que por rendir homenaje a Colette, María, Fanny, Charlotte, Jane y tantas otras.