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Las últimas “chinas” españolas

Fernando Aller - / /
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Más allá de lo que significa para cada una de las familias afectadas, el cierre de la última cooperativa textil de León supone la muerte de un sistema de producción que no por esperado deja de ser doloroso.

En la década de los años 80 una empresa textil de León promovió el cooperativismo femenino con unos resultados gratificantes para las dos partes, como es normal en todos los negocios. Esta semana se ha cerrado el último centro de trabajo, en Cistierna. El modelo no era exclusivo de León, existía en otros lugares de España y tal vez perviva en algún caso aislado.

Mujeres de muchos pueblos de León se constituyeron en cooperativas. La empresa les suministraba las máquinas de coser. En unos casos eran compradas por las propias trabajadoras y en otros seguían en propiedad de la sociedad que contrataba sus servicios.

Las mujeres asociadas confeccionaban prendas de lencería, cuyo corte industrial previo de la tela se hacía en los talleres de la marca. El control de los "cortes" suministrados y las piezas recogidas era muy estricto, para evitar el mercado negro de las prendas.
Las jornadas de ocho horas, por el contrario, carecían de control. NO existía el mismo celo. Todo lo contrario, la implicación de las familias con frecuencia creaba un taller paralelo en la casa, donde la mujer cooperativista contaba con el no desdeñable esfuerzo de abuelos e hijos para limpiar los corsés, sujetadores y bragas de los hilos que afeaban la terminación de las piezas. Este trabajo adicional no se contabilizaba, así que el sueldo atribuido a una sola trabajadora de la "unidad familiar", a tanto la pieza, no era un mal recurso para unas arcas familiares que no hace muchos años habían salido de la subsistencia.

A este sistema de trabajo estajanovista se aplicaron con denuedo no solamente grupos de mujeres de las zonas rurales, sino también monjas de conventos de clausura, donde el tiempo no se mide en minuto sino en toques de campana.
No ha sido suficiente. Ni siquiera así se ha podido hacer frente a la "fiebre amarilla". Los chinos, de China, siguen produciendo mucho más barato que las monjas de clausura y las mujeres de nuestros pueblos con el concurso desinteresado de las familias. No ha sido suficiente con trabajar como chinos. Así que progresivamente se han ido cerrando estas industrias.
Esta semana ha caído la última. Medio centenar de mujeres de Cistierna, capital de un próspero valle minero antes de la reconversión del carbón, han visto como los camiones se llevaban sus máquinas. Se les ha dicho que el cierre no es definitivo, que cuando cambien las condiciones del mercado, cuando pase la crisis global que nos aqueja, regresarán las máquinas y ellas reanudarán el trabajo. Que en realidad se han ido para que las máquinas no se estropeen por falta de atención o por las malas condiciones del clima. No se lo han creído. Pero sí han pensado seguramente en Pedro Solbes, vicepresidente para asuntos económicos del Gobierno español, cuando dijo que esta crisis está siendo utilizada por muchos empresarios para "hacer limpieza".


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