Verdugos y asesinos
Siguen colándose nombres como el de ‘verdugos’ con el que algunos periódicos han tildado a los tres matones que volaron la vida de dos guardias civiles en Mallorca
En los medios de comunicación de Estados Unidos y buena parte de la civilizada Unión Europea siguen calificando a los asesinos de ETA como ‘separatistas vascos’. Ni siquiera la benéfica influencia que en ese sentido ejercieron el brutal atentado contra las torres gemelas y las bombas del metro de Londres ha curado de su ceguera a los periodistas ‘progres’ del mundo occidental, empeñados en dividir a los terroristas en ‘buenos y malos’.
En algunos países de ‘nuestra Europa’ se sienten especialmente gratificados cada vez que los pistoleros de la banda matan en España; les viene de perillas para asestarnos dos golpes en uno: primero nos dan un tirón de orejas por la supuesta opresión a un pueblo vasco que clama (¿) por su independencia y después aprovechan para recomendar a sus audiencias que no viajen a las playas españolas por el peligro de las bombas. Así les hacen el juego a los etarras por partida doble.
En España la gran mayoría de los periodistas estamos vacunados contra estos falsos síndromes de Estocolmo disfrazados de ataques de comprensión hacia las minorías. Hace años que hemos superado aquella consideración de activistas del movimiento político independentista vasco que se concedió a los asesinos en los primeros años de la democracia. Sin llegar al extremo de Alfonso Ussía, que hace pocos días los calificaba como ‘hijos de puta’, sin más, la mayoría de los reporteros y articulistas han apartado cualquier venda de los ojos, y no sólo frente a los terroristas, sino también frente a quienes les apoyan o les comprenden.
Sin embargo, quizás por negligencia más que por mala voluntad, siguen colándose nombres como el de ‘verdugos’ con el que algunos periódicos han tildado a los tres matones que volaron la vida de dos guardias civiles en Mallorca.
Esa manera de rotular representa un insulto para los verdugos de verdad, cuya denostada profesión no ha dejado nunca de estar apoyada en leyes, si bien rechazables desde nuestra moral ‘anti pena de muerte’. A la vez, ese epíteto muestra un incomprensible grado de comprensión con los criminales del hacha y la serpiente, que se consideran ejecutores de una execrable justicia en una guerra inventada por ellos contra la democracia española. Nosotros no debemos concederles nunca ese privilegio. Porque la manera como llamamos a las cosas condiciona la forma en que las pensamos.
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