Cuaderno de bitácora

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Viejos

Julián Ballestero - / /
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¿Castilla y León disfruta ahora mismo de la población más longeva entre todas las autonomías de España o la cruda realidad es que sobrevive aquí el personal más envejecido de todo el país? Los periodistas de la Comunidad lanzaron edulcorada la noticia, en los últimos días, si es que puede considerarse noticiosa la estadística de siempre sobre el poder de resistencia de la "raza" castellana y leonesa al paso del tiempo y a las enfermedades.

Las informaciones con esta gran "exclusiva" pusieron a prueba la capacidad de los plumillas para evitar ese defecto periodístico tan gravísimo que consistiría en llamar a las cosas por su nombre. Por supuesto, aquí no tenemos viejos ni ancianos, sino personas mayores, miembros de la tercera edad o, para mayor felicidad colectiva, militantes en la edad de oro.

Casi todas estas expresiones han triunfado en el lenguaje de los medios por su poder oculto para disfrazar la verdad, a pesar de que adolecen de la más elemental congruencia con la tradición, con el "genio del idioma" castellano, que diría Álex Grijelmo.

En las páginas de los periódicos y en los informativos de radio y televisión se impone la práctica, por encima de los libros de estilo, y
la praxis bebe de la moda, es decir, del vocabulario cursi de lo políticamente correcto.

La expresión "tercera edad", para empezar, parte de un error material: cuéntese como se cuente, estamos hablando de la cuarta o de la quinta edades, en la escala que va desde la niñez a la senectud pasando por la adolescencia, la juventud y la madurez. Lo de "nuestros mayores" choca también contra la lógica y cae en la teoría de la relatividad: ¿mayores que quién? ¿mayores de edad? Sí, desde los 18 años.

Más ajustada en su día, la palabra jubilado (habría que escribir jubilada/jubilado para satisfacer las nuevas teorías no sexistas) tampoco da en la diana. Desde hace décadas nos encontramos jubilados de cincuenta y pocos años, a los que no se puede apilar junto a ese grupo compuesto hasta hace bien poco por ancianos y viejos y al que ahora podemos referirnos por cualquier nombre salvo por el suyo.

En las páginas de los periódicos y en los informativos de radio y televisión se impone la práctica, por encima de los libros de estilo, y la praxis bebe de la moda, es decir, del vocabulario cursi de lo políticamente correcto.

La buena alimentación, el aire acondicionado y los cosméticos han retrasado el proceso de envejecimiento, y el lector anciano se cabrea en cuanto le llaman viejo, a la cara o por indirectas. De todas formas, lo que más retarda el envejecimiento en prensa es que el responsable de la redacción cumpla años: en algún periódico el libro de estilo elevaba la condición de anciano al mismo ritmo que iba celebrando primaveras el jefe. Menos mal que se jubiló.


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