“Mi infancia en Ciudad Rodrigo siempre está presente en mis obsesiones, en mis sueños y en mis pesadillas”
Junto con Federico García Lorca, Fernando Arrabal (Melilla, 1932) es el dramaturgo español más representado en el mundo, y uno de los autores cuya obra ha sido traducida a más lenguas en el extranjero. La Fundación Castellano y Leonesa de la Lengua publicó hace unas semanas sus obras completas de teatro y trabaja para que vea la luz en castellano su extensa obra poética. Además, esta misma semana Cameo acaba de recuperar en dvd sus siete largometrajes como cineasta y un documental sobre su obra, dentro de su sello Initial Series. Eterno aspirante al Premio Nobel, en esta entrevista con Ical, Arrabal repasa su infancia y su trayectoria, con la figura del padre ausente siempre de fondo.
César Combarros / Ical
- ¿Quién es Fernando Arrabal?
- Yo no sé quién soy. En internet, en páginas web como Wikipedia, se contesta a esa cuestión, y en mis obras de teatro o en mis películas también es posible encontrar una respuesta muy detallada.
- Durante mucho tiempo se le ha considerado como ‘el autor español en el exilio'. ¿Se ha sentido alguna vez marginado
- En ningún momento me he sentido marginado ni apartado. Yo viví en Melilla al nacer, en Ciudad Rodrigo al aprender a leer y escribir, y desde 1955 resido en París. Sólo me considero ciudadano de un país: ‘Destierrolandia'.
- ¿Considera que a raíz del reconocimiento internacional a su trabajo se está intentando recuperarle como un autor nacional?
- Yo soy un autor español. Balada por ejemplo (en alusión al compositor catalán Leonardo Balada, que ha compuesto la música de la última ópera de Arrabal, ‘Faustbal') tiene nacionalidad americana. Yo he conservado la nacionalidad española porque me parecería ridículo haber adoptado la francesa. Nadie me lo ha discutido y he conseguido todos los premios, ayudas y distinciones como la Legión de Honor sin necesidad de decir que soy francés; algo que también le sucedió a Picasso, por cierto, aunque él sí la solicitó y no se la concedieron.
- ¿Cuánto queda en usted del niño que pasó su infancia en las calles de Ciudad Rodrigo?
- Queda todo. Es algo que siempre está presente en mis obsesiones, en mis sueños y en mis pesadillas.
- El 17 de julio de 1936, durante el pronunciamiento militar que provocó la Guerra Civil, su padre fue condenado a muerte por los nacionales, una pena que luego conmutaron por 30 años de prisión, aunque luego se fugó tras fingir una enfermedad mental y nunca se volvió a saber de él. ¿Cuál fue la principal huella que dejó en usted?
- Mi vida es un continuo ajetreo en torno a la idea del chivo expiatorio. A las cuatro de la tarde del día que comenzó la Guerra Civil, él se mostró fiel al bando republicano rechazando el alzamiento; prefería morir a adherirse al levantamiento. Yo he intentado toda mi vida hacer algo parecido.
- Pese a ser hijo de un republicano, aprendió a leer y escribir con la madre Teresa, una monja teresiana.
- Sí, siempre en toda mi vida ha habido esos dualismos. No los considero contradicciones, porque tan hermosa era esa mujer como lo era mi padre.
- Una tuberculosis le hizo quedarse a vivir en París en 1955 y allí ha permanecido desde entonces. ¿Considera que el azar ha sido algo determinante en su vida?
- Sí, el azar es fundamental, como la confusión. Por lo general se interpreta que estoy a favor de la confusión y del azar, pero no; yo quisiera encontrar la ley del azar y las leyes de la confusión. Junto con los hombres de ciencia con los que a menudo me reúno en París, me gustaría que pudiéramos encontrar algunas pautas del azar en ciertos avatares de la ciencia que hoy nos iluminan, como los últimos descubrimientos de la matemática, sobre todo los fractales.
- ¿Cuál debería ser la función del arte, en su opinión?
- Hay dos maneras de concebir el arte: o bien a la manera aristotélica, como reflejo de la realidad, encantador; o bien a la manera de Nietzsche, como expresión de la verdad. Yo estaría entre las dos.
- El pasado mes de febrero se estrenó en el Teatro Real ‘Faustbal', su quinta ópera tras 13 años alejado del género, y ya han pasado 11 años desde su última película como director de cine ¿Se ha planteado en algún momento volver tras las cámaras?
- Mmmmm... es posible. Es posible (deja en el aire la respuesta con mirada perdida). Pero tiene que gustarme mucho la cosa porque ahora ya estoy muy cansado para eso; el cine es muy cansado. Exige muchas horas y tendría que contar con un productor que aceptara cinco o seis horas diarias de trabajo, y luego no involucrarme en el recorrido final, la presentación en el mundo, que es agotador.
- Algunos estudiosos le han calificado como un pícaro. ¿Comparte esa visión?
- No; hay personas que no conocen bien mi teatro y que han opinado eso, pero no sé por qué. Me hubiera gustado ser un pícaro (ríe), pero no tuve la oportunidad. Tenga en cuenta que gracias al premio que gané en el concurso nacional de niños superdotados siempre estuve en los mejores colegios y me trataron como al primero. Mi destierro no fue provocado por angustias económicas, sino por la imposibilidad que tenía de escribir en España. Por cierto que fui el único; podía ser tan revolucionario como Vázquez Montalbán, pero no sé por qué misterio no se podía representar mi teatro.
- ¿Se considera aún como uno de los cinco españoles más peligrosos?
- Ése es otro gran misterio. Un año después de la muerte de Franco se incluyó mi nombre en una lista junto a Carrillo, Pasionaria, Líster y El Campesino; se me unió a unos señores que pasaban sus vacaciones en Rumanía con uno de los mayores tiranos del mundo (Ceaucescu). Nunca he tenido nada que ver con ellos y nunca he sabido por qué se han dicho ciertas cosas sobre mí, por qué tengo unas acogidas y unas condenas excepcionales. Nunca lo he entendido. Es absolutamente absurdo que mi teatro estuviera totalmente prohibido hasta el año 1976; hay gente que coge una novela mía de esa época, con la esperanza de que eso esté a la altura de la censura, y luego se decepciona. Había bula contra mí, y yo creo que es por lo de mi padre. Mi padre es el chivo expiatorio. Mi caso y el de mi padre son excepcionales, y por ello España no me trata como fuera, porque no sabe cómo hacerlo.